La llegada a las carteleras del largometraje de Robin Campillo 120 pulsaciones por minuto, que refleja la lucha contra el sida por parte un grupo de militantes del movimiento ACT UP a principios de la década de los 90, en su mayoría portadores del virus de la enfermedad, devuelve al primer plano la sensación, que no pude evitar al terminar uno de los pases en los que fue programada en el último Festival de Donostia, de que toda película destinada a la distribución comercial de cuantas se producen sobre activismos de cualquier tipo transcurre hace tres décadas o más. Impresión, quizá, exagerada o explicable por un conocimiento muy incompleto del cine que se produce en los márgenes del sistema, pero que puede partir de la extendida idea, incluso entre parte de la militancia más voluntarista, de que toda acción revolucionaria está hoy condenada a la esterilidad, y que la única forma de recuperar una pequeña parte de su potencial es haciendo una revisión arqueológica de su pasado, al no existir un presente al que hacer referencia.
