Si existe una conclusión, de las muchas a las que he creído
llegar durante años de dedicación absorbente como espectador, sobre la que
apenas me caben ya dudas es la de que en el cine no hay que tener prejuicios.
Hay cineastas que en los primeros acercamientos parecen infernales y sádicos y
luego se revelan cálidos y humanos; otros que en un principio parecen dedicados
a rodar el vacío, enfocar los dientes y contar la nada y al cabo de unos años,
sabemos que ruedan el mundo, enfocan la vida y nos cuentan lo que ningún
familiar, profesor o amigo nos habían sabido enseñar. No citaré los nombres de
los dos cineastas a los que me refiero, para que no queden demasiado en
evidencia mis pobres comienzos como cinéfilo: pero sí citaré otro nombre, el de
Takeshi Kitano, cuya pésima carta de presentación (Takeshi’s Castle, un paupérrimo programa de televisión que formó parte de los inenarrables comienzos de la
Telecinco de Berlusconi en España bajo la xenófoba traducción de Humor
Amarillo) auguraba cualquier cosa menos la maravillosamente lírica Dolls que fue capaz de pergeñar quince
años más tarde, o el melvilliano díptico yakuza Outrage, monumento a la sobriedad, que rodó a comienzos de la
presente década entre una incomprensible indiferencia.
