
Suele existir cierta desconfianza de partida cuando nos
encontramos con un remake: en muchas ocasiones, volver a rodar el mismo guión
no esconde más que falta de ideas o el intento de explotar el éxito de una
antigua película sin aportar nada nuevo o estropeando buena parte del material
original, sin estar a la altura de la
primera versión. En ciertas épocas, sin embargo, ha sido una costumbre más de
los estudios, antes de la existencia de vídeos y filmotecas, para rescatar
grandes obras y evitar que el gran público las echase demasiado pronto en el
olvido: así, en el Hollywood clásico casi se convirtió en una costumbre rodar
una versión muda, años después una sonora y pasado un tiempo la versión en
color. Y ha habido todo tipo de resultados como para evitar hacer una teoría
cerrada sobre la calidad de unas y otras: si sabemos que Imitación a la vida de Douglas Sirk es
un remake, tal vez nos sintamos obligados a despreciar el original en que se
basó, pero ello en modo alguno haría justicia a la más que notable película que
John M. Stahl realizó veinticinco años antes. Y lo mismo nos pasaría con el Ordet (1955) de Carl Theodor Dreyer, versión de la misma obra teatral que doce años antes había adaptado con notable acierto (y Victor Sjöström en el papel protagonista) Gustaf Molander, o con La chienne de Jean Renoir y su magnífica sucesora, Scarlet Street de Fritz Lang.