Mostrando entradas con la etiqueta Santiago Mitre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Santiago Mitre. Mostrar todas las entradas

26 de septiembre de 2022

Zinemaldia 2022 (1): El mundo sigue




Hace ahora un año, al regreso del Festival de Cine de San Sebastián de 2021, mis conclusiones eran diáfanas y sombrías: sobre el futuro de los certámenes cinematográficos en general y del Zinemaldia en particular, cuyo único objetivo parecía ser su propia perpetuación; sobre el papel del cine a la hora de falsear la percepción del mundo en el que vivíamos, marcado a fuego por una pandemia a la que no se vislumbraba fin; y ya finalmente, con los nubarrones del pesimismo tronando con particular intensidad, sobre  el futuro de la humanidad, perdida y agotada tras una sucesión de caídas sin apenas tiempo alguno para volver a levantarse entre una y otra. 

5 de octubre de 2015

Zinemaldia 2015 (6): La oscura materia de que está conformado el mundo


Suele existir cierta desconfianza de partida cuando nos encontramos con un remake: en muchas ocasiones, volver a rodar el mismo guión no esconde más que falta de ideas o el intento de explotar el éxito de una antigua película sin aportar nada nuevo o estropeando buena parte del material original, sin estar a la altura de  la primera versión. En ciertas épocas, sin embargo, ha sido una costumbre más de los estudios, antes de la existencia de vídeos y filmotecas, para rescatar grandes obras y evitar que el gran público las echase demasiado pronto en el olvido: así, en el Hollywood clásico casi se convirtió en una costumbre rodar una versión muda, años después una sonora y pasado un tiempo la versión en color. Y ha habido todo tipo de resultados como para evitar hacer una teoría cerrada sobre la calidad de unas y otras: si sabemos que Imitación a la vida de Douglas Sirk es un remake, tal vez nos sintamos obligados a despreciar el original en que se basó, pero ello en modo alguno haría justicia a la más que notable película que John M. Stahl realizó veinticinco años antes. Y lo mismo nos pasaría con el Ordet (1955) de Carl Theodor Dreyer, versión de  la misma obra teatral que doce años antes había adaptado con notable acierto (y Victor Sjöström en el papel protagonista) Gustaf Molander, o con La chienne  de Jean Renoir y su magnífica sucesora, Scarlet Street de Fritz Lang.