Si no fuese por la versión que hizo Takeshi Kitano de Zatoichi en el año 2003, quizás hoy no tendríamos acceso (o interés alguno en acceder) a la saga de veinticinco películas ambientadas a finales del período Edo que protagonizó Shintaro Katsu sobre el personaje del samurái ciego entre 1962 y 1973 (impecablemente editadas por Criterion Collection), con una coda final en 1989 y el añadido de una serie de televisión de cien capítulos entre 1974 y 1979. Pero, del mismo modo, podemos decir que sin Zatoichi la carrera de Takeshi Kitano habría sido muy distinta, no solo por la influencia que el personaje ha podido tener en buena parte de su filmografía, sino también porque la misma forma de actuar de Shintaro Katsu no parece haber sido ajena a la construcción de las torpes aunque carismáticas maneras del director de Dolls en su faceta de Beat Takeshi.
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13 de septiembre de 2018
Los senderos de Zatoichi
Si no fuese por la versión que hizo Takeshi Kitano de Zatoichi en el año 2003, quizás hoy no tendríamos acceso (o interés alguno en acceder) a la saga de veinticinco películas ambientadas a finales del período Edo que protagonizó Shintaro Katsu sobre el personaje del samurái ciego entre 1962 y 1973 (impecablemente editadas por Criterion Collection), con una coda final en 1989 y el añadido de una serie de televisión de cien capítulos entre 1974 y 1979. Pero, del mismo modo, podemos decir que sin Zatoichi la carrera de Takeshi Kitano habría sido muy distinta, no solo por la influencia que el personaje ha podido tener en buena parte de su filmografía, sino también porque la misma forma de actuar de Shintaro Katsu no parece haber sido ajena a la construcción de las torpes aunque carismáticas maneras del director de Dolls en su faceta de Beat Takeshi.
30 de noviembre de 2015
La caída del cielo del cine y el espectro de James Bond
Si existe una conclusión, de las muchas a las que he creído
llegar durante años de dedicación absorbente como espectador, sobre la que
apenas me caben ya dudas es la de que en el cine no hay que tener prejuicios.
Hay cineastas que en los primeros acercamientos parecen infernales y sádicos y
luego se revelan cálidos y humanos; otros que en un principio parecen dedicados
a rodar el vacío, enfocar los dientes y contar la nada y al cabo de unos años,
sabemos que ruedan el mundo, enfocan la vida y nos cuentan lo que ningún
familiar, profesor o amigo nos habían sabido enseñar. No citaré los nombres de
los dos cineastas a los que me refiero, para que no queden demasiado en
evidencia mis pobres comienzos como cinéfilo: pero sí citaré otro nombre, el de
Takeshi Kitano, cuya pésima carta de presentación (Takeshi’s Castle, un paupérrimo programa de televisión que formó parte de los inenarrables comienzos de la
Telecinco de Berlusconi en España bajo la xenófoba traducción de Humor
Amarillo) auguraba cualquier cosa menos la maravillosamente lírica Dolls que fue capaz de pergeñar quince
años más tarde, o el melvilliano díptico yakuza Outrage, monumento a la sobriedad, que rodó a comienzos de la
presente década entre una incomprensible indiferencia.
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