31 de marzo de 2021

El marco ganador y la paz de los cementerios




En una entrevista reciente, el filósofo César Rendueles, a la vez que valoraba los singulares conocimientos que le aporta su docencia en la Facultad de Trabajo Social, derivados en buena parte del origen social de sus alumnos y de los motivos que les llevan a cursar el grado, llamaba la atención sobre una omisión en la entusiasta acogida crítica de obra de la escritora Sara Mesa, que ella misma apuntó en un breve "Autorretrato" publicado por el suplemento El Cultural, con estas palabras: 

El único libro que escribí con voluntad de intervención social fue el pequeño ensayo Silencio administrativo, que critica la crueldad de la burocracia con los más débiles. Y aunque mucha gente lo leyó y recomendó y me consta que ha impresionado a bastantes lectores, este libro no ha logrado ni un solo cambio real. Basta con ver cómo se están gestionando ahora las rentas mínimas y salarios sociales: pésimamente.

17 de diciembre de 2020

2020: Un año en la penumbra

Aunque duraba apenas unos minutos, la intervención de la actriz Adèle Haenel en la película Nocturama (2016), de Bertand Bonello, ha vuelto a la memoria en repetidas ocasiones durante los últimos diez meses; en concreto, estas palabras:






27 de septiembre de 2020

El hilo que unía los días

Hace unos días, tuve oportunidad de volver a ver Mujeres en el parque (2006), último largometraje de ficción realizado por Felipe Vega, en la misma sala y el mismo formato que la primera vez, siete años atrás. Pese al cambio radical de contexto, un fragmento que me había impresionado en 2013 volvió a hacerlo ahora; es aquel en el que el protagonista, Daniel (Adolfo Fernández), le explica a su hija Mónica (Bárbara Lennie) sus orígenes de la siguiente manera:
A Ana no le importaba que tú no fueses su hija. Eso no lo vas a entender nunca. Eran épocas distintas, completamente distintas. De eso ya no queda nada. Ni siquiera nosotros.

11 de junio de 2020

El cine de Jim Crow


Este dibujo fue publicado en la revista ilustrada francesa Le Monde Illustré en 1873 y corresponde a una manifestación celebrada en Madrid pidiendo la abolición de la esclavitud. Dicha abolición no llegó hasta 1886, a través de un decreto que liberaba a los 30.000 esclavos que quedaban en la isla de Cuba, entonces el único territorio bajo administración del Estado español en el que seguía siendo legal; a pesar de esta disposición, España todavía tendría tiempo para dejar una última huella en su presencia en Cuba con la política de reconcentración llevada a cabo por el general español Valeriano Weyler, marqués de Tenerife y duque de Rubí, en 1896, durante la guerra de Independencia de la isla y que en la práctica supuso la invención de los campos de concentración, una de las aportaciones españolas a la historia universal de la infamia.

27 de mayo de 2020

Dieciséis años y una primavera



Hace un poco más de tres lustros, Antony Beevor (entonces, uno de los historiadores con mayor presencia mediática, gracias al extraordinario éxito de libros como Stalingrado o Berlín. La caída, 1945) publicó una sorprendente obra, un tanto alejada de sus anteriores intereses y de su especialización en historia militar, sobre la actriz rusa de origen alemán conocida, según el país, como Olga Chejova o Tschechowa. La primera de las denominaciones, acentuando la matriz rusa, fue la utilizada por el historiador británico para titular su biografía; la segunda fue la que usó ella misma durante su carrera cinematográfica en el cine alemán. 

21 de mayo de 2020

Las luces de Llobet Gràcia



Una de las películas que recuerdo con emoción de manera más frecuente es Vida en sombras, el único largometraje de Llorenç Llobet Gràcia. Los motivos son diversos, y empezarían por su hermoso y polisémico título, quizá uno de los mejores y más significativos de la historia del cine, y al que muchas veces me he visto tentado a recurrir a la hora de dar algo de unidad a mi propia biografía. Por más que Llobet sea uno de los malditos por excelencia de la historia del cine español, y que hace apenas veinte años las condiciones de la copia que circulaba de Vida en sombras mostrasen hasta qué punto esa obra oculta todavía estaba lejos de ser rescatada del más profundo de los olvidos, su significación es al menos tan profunda como la que acierta a verbalizar,  una entrevista realizada en 2016 con motivo del ciclo Vida en sombras. El cine español en el laberinto (1939-1953), del Museo Reina Sofía, el historiador del cine José Luis Castro de Paz: 
La idea de la mujer perdida es un tópico universal, el dolor del hombre. Hay muchas revisiones. Yo he visionado bastante el cine de este periodo y en un número muy elevado de films el hombre acaba delirando, viendo a la mujer muerta, sobre todo en Vida en sombras. Esa vida del hombre que está abocado a la soledad, a la penuria, desolado, tiene referencias directas a las consecuencias de la guerra civil. El caso de la mujer perdida y el abatimiento es el referente a un país destrozado. A través de un drama escapista, haces ver el dolor de un país.

16 de abril de 2020

Apenas náufragos



Recuerdo las primeras noticias: en enero, en la radio, con el frío de una madrugada de invierno, la oscuridad exterior, desayunando entre bostezos, asimilando unas vagas informaciones sobre sus efectos en el PIB de China. Con los días, los primeros comentarios en el trabajo, el asombro por los hospitales chinos levantados a toda prisa, el comienzo de la obsesión por las mascarillas, las comparaciones con la gripe común, con la gripe A, la sospecha de hipocondría. Con las semanas, el aparente absurdo de las sucesivas retiradas del Mobile Congress, el asombro italiano, el primer muerto en España (neumonía: nada infrecuente), las primeras indicaciones sobre la tos y las manos, el pasmo ante Lombardía, los primeros casos, el improbable señor de jersey dando ruedas de prensa. Finalmente, la mañana del 9 de marzo, los casos multiplicados, el cierre de las clases en Madrid, Vitoria y Labastida, los comentarios en Twitter de esa noche: hay colas en los supermercados, la mentalidad de posguerra ha vuelto. Al día siguiente, el personal de la Filmoteca, a las cinco y media, antes de la primera sesión, marcando de blanco una de cada tres butacas: el pensamiento, entonces, tan mezquino que avergüenza recordarlo: ojalá tarden en cerrar y podamos terminar el ciclo de William Wyler, y ver la única película dirigida por Anna Karina, y los cortos infantiles de Kiarostami; al día siguiente, la ambición decae, el realismo se impone: por la mañana, la Cineteca anuncia su cierre inmediato "por quince días", y ya nos conformamos con acabar Wyler, entramos a Counsellor at Law (1933), admiramos a Isabel Jewell, comentamos la obra maestra de tres días atrás (Dodsworth), y, al fin, llega, extraoficialmente, la confirmación: no hay más Filmoteca, el Doré cierra mañana. No hay desconcierto: se veía venir; sí hay tristeza ante lo inevitable, algunas preguntas ingenuas: ¿las películas canceladas las programarán en abril?, mi respuesta fatalista: no habrá programación en abril. No, y escribo en una red social: han cerrado la Cineteca y la Filmoteca, tardaremos en verlas abiertas de nuevo. El telón se cierra, empieza lo duro. 

31 de marzo de 2020

Cortés Cavanillas, corresponsal de ABC



Hace dos meses, en una abarrotada proyección de Vacaciones en Roma de William Wyler, sucedió algo que explica, por sí mismo, por qué el cine visto en el silencio de una sala, con una gran pantalla y rodeado de espectadores es una experiencia que no debería desaparecer de nuestro mundo, porque no tiene equivalente posible: los visionados caseros de películas, por valiosos que puedan llegar a ser, no dejan de depender, casi en exclusiva, de nuestra esfera individual y a ella quedan circunscritos en la mayoría de los casos, y su calidad depende, en buena parte, de la calidad del domicilio de cada uno. 

Sucedió, decía, en la parte final: la princesa Anna, a la que interpreta Audrey Hepburn, después de su fuga de incógnito por la ciudad de Roma acompañada del desastrado periodista al que, por los azares de la producción, da vida un actor nada identificable con dicho perfil (Gregory Peck), vuelve a retomar sus obligaciones como parte de la familia real a la que pertenece y celebra un acto protocolario con los corresponsales de prensa acreditados en la capital italiana. Lo que en principio es un evento meramente ornamental, con tres preguntas de compromiso y tres respuestas de trámite, se convierte en algo distinto, en el momento que describen estas imágenes:

8 de enero de 2020

Los años 10: Aire para respirar

Si hay una percepción (subjetiva, como todas las que destilo aquí) con respecto a la década que va de 2010 a 2019 en lo que al cine se refiere es que todas las épocas, todos los formatos, todas las duraciones y todos los géneros de la historia del cine han sido convocados de nuevo en los diez últimos años. ¿Significaría que ello que nos ha inundado un cine sin conciencia histórica del tiempo actual? No: significa que en esta época, no solo en el cine, están presentes todas las épocas pasadas y, a su vez, también merodean todas las ideologías y filosofías pretéritas, por remotas que parezcan. Obviamente, no todas en la misma medida, ni con la misma capacidad de influencia: pero la facilidad para acceder a ellas es mayor que nunca y, por ello mismo, la capacidad para asimilarlas se ha hecho más difícil. En paralelo, la historia del cine, desde 1895 hasta 2019, se ha hecho más accesible que nunca y ha influido más en el cine del presente que en cualquier época anterior; aunque la visibilidad de esa influencia y la de buena parte del cine influido, por esa mezcla de accesibilidad y superabundancia, se haya resentido. 

Por supuesto, ha sido una década en la que el cine ha estado en trance de transformación, al igual que la forma de verlo y de interpretarlo (¿cuándo no ha sido así?), pero, me atrevo a prever, no hacia su desaparición, ni tampoco hacia su reducción a ocio casero: el componente social del cine nació con él y morirá con él. 

20 de diciembre de 2019

2019: La conciencia de fragilidad



Analizar por escrito el tiempo presente con unas herramientas teóricas insuficientes y sin tener una dedicación profesional relacionada con la sociología o con el trato directo y diario de personas de toda clase y condición es una tarea que colinda entre la inutilidad y el vacío. Parecería, pues, que intentar hacer algo semejante a través de una lista de películas favoritas del año es una tarea cuya valoración no puede estar muy alejada de tan desalentadora descripción; el problema para llevar esa conclusión hasta las últimas consecuencias es la poderosa fuerza de la inercia (si la hicimos el año pasado, y el anterior, y el anterior, ¿por qué este no?) y la escasa seducción de la alternativa: sin texto de balance cinematográfico del año, salpimentado de la consabida lista, ¿qué quedaría? Ningún análisis sobre el momento cinematográfico actual o ningún texto en absoluto, ¿son mejores que un texto insuficiente y ateórico, fundamentado en intuiciones y sensaciones? Desde la inquietud y la angustia que provoca el temor a sentir el paso del tiempo sin hacer nada en absoluto valioso, el silencio pierde frente al mediocre texto realmente existente: el hacer algo, en este caso y desde mi actual punto de vista, gana frente al no hacer nada. 

15 de diciembre de 2019

Una memoria del cine Doré

Este año se ha celebrado el trigésimo aniversario de la restauración del cine Doré para su conversión en sala permanente de proyecciones de la Filmoteca Española. Haciendo la cuenta fácil, puedo decir que he sido testigo de casi la mitad de este tiempo, desde mi llegada a Madrid, en octubre de 2004, y aunque para escribir sobre ello tenga que abusar de subjetividad, de anécdotas y de recuerdos personales (algo que, por otra parte, creo que hago con demasiada frecuencia en esta página: a veces sospecho que solo hablo de mí mismo por películas interpuestas), creo que éste es el momento para hacerlo, porque, más allá de celebraciones institucionales y de ecos mediáticos, los lugares como el Doré son, también, la memoria de quienes lo habitamos durante esta última época. 

29 de octubre de 2019

Zinemaldia 2019 (8): La última película



Así como a veces es posible elegir los principios, suele ser mucho más difícil poder elegir los finales. Mi primera sesión en el Zinemaldia, en la edición de 2014 y en el Teatro Principal de Donostia, fue para ver el serial de Bruno Dumont P'tit Quinquin: curioso, pensado ahora, que mi debut en un gran festival de cine fuese con una serie producida para televisión, aunque entonces me pareció que dicha clasificación solo obedecía a una servidumbre del director para con sus productores y que, en realidad, su división en capítulos no estaba justificada: se trataba de una obra plenamente cinematográfica y coherente con el resto de la obra de su director, y su posterior estreno en cines me pareció que venía a corroborarlo. Desconozco cuál será la última de mis sesiones en el festival de Donostia, y mi deseo es que esté todavía muy alejada en el tiempo: de poder elegir, sería dentro de muchos años, en plenitud de facultades y con capacidad para disfrutar del cine y del ritmo, a veces maratoniano, de un certamen tan inmersivo y exigente como éste. 

17 de octubre de 2019

Zinemaldia 2019 (7): Entre el odio y la melancolía


El odio no es más que una forma de conocimiento que en general no aprovechamos por causa de una deficiencia congénita. 
Esta sentencia, pronunciada por el narrador de la novela Cerbero son las sombras de Juan José Millás, podría entremezclarse con unos breves versos de Bertolt Brecht: 
En los tiempos oscuros / ¿se cantará también entonces? / También entonces se ha de cantar / sobre los tiempos oscuros
y, entre unas y otras palabras, nos dejarían una idea aproximada del espíritu de una parte del cine chileno contemporáneo: en particular, el que relata los ecos del golpe de Estado militar encabezado por Augusto Pinochet en septiembre de 1973. El odio, por más que goce de un desprestigio a veces pueril (es casi un lugar común que cualquier programa político se engalane con el adorno de la "lucha contra el odio", como si el problema fuera el sentimiento en sí y no el motivo que lo produce), ha dado en ocasiones buenos frutos cinematográficos sin necesidad de ser destilado o traducido a apariencias más amables: pensemos en la obra de Sam Peckinpah, en la explosión de Elem Klimov en Masacre: ven y mira, o en ciertos aspectos (y no los peores) de las películas de Quentin Tarantino. Dicho en palabras del cineasta japonés Masao Adachi: 
El cielo sin el infierno no significa nada.

12 de octubre de 2019

Zinemaldia 2019 (6): La tragedia oculta en el paisaje

Uno de los motivos que fue hilando películas de diversas secciones en el último Zinemaldia y que resuena con mayor intensidad conforme pasan las semanas y el poso del festival se va haciendo más firme es el protagonismo del paisaje. En más de una notable película el entorno natural fue un personaje más pero, también, un síntoma de algo inquietante: de una tragedia oculta de la que es testigo mudo, y en la que su misma belleza parece constituirse en el detonante de las miserias, las injusticias, los crímenes o las vidas solitarias y tediosas que la acompañan, como si esa belleza fuese incapaz de crear felicidad a su alrededor. Tras este protagonismo no hay tan solo poéticas paradojas: también están el abandono y la progresiva extinción del mundo rural y de la cultura campesina, y el calentamiento global, causa y consecuencia de lo anterior. 

En La cordillera de los sueños, de Patricio Guzmán, el documentalista Pablo Salas afirma: 
Un país que da la espalda al 80 por ciento de su territorio no es un país viable. 

6 de octubre de 2019

Zinemaldia 2019 (5): Los restos de la Revolución



En el mismo Zinemaldia en el que se entregó el Premio Donostia al cineasta político por excelencia, Costa Gavras, y en el que se proyectó su creación más reciente, Comportarse como adultos, sobre la malograda lucha de Yanis Varoufakis por la supervivencia del pueblo griego frente a la aberración económica europea (cinematográficamente apreciable, pero alejada del brío de sus obras más rotundas), apareció, refugiada también entre las proyecciones de los premios honoríficos del festival (en este caso, el concedido a Penélope Cruz) La Red Avispa, el ejemplo más contundente y poliédrico de cine político de esta edición del certamen y en la que el antes autor de Carlos y Después de mayo Olivier Assayas demostró que es, quizá, el cineasta más capacitado para coger el testigo del director francogriego y actual responsable de la Cinemateca Francesa, con una ventaja sobre su predecesor: un dominio mayor de los géneros y las formas cinematográficas y de las complejidades políticas. El que el amor al cine de Assayas sea al menos tan grande como su interés por la política y mala acogida (que en absoluto comparto) de La Red Avispa tanto en Donostia como en Venecia convierten esta posibilidad en improbable, pero desde luego capacidad no le falta: sí le falta, por lo que hemos podido comprobar, público.