24 de octubre de 2014

Setsuko


Hace poco más de una semana, hablando de Boyhood, cité a Setsuko Hara, dando por supuesto que es conocida por todo el  mundo. 

Desgraciadamente, no es así.
  
La falsa evidencia venía porque, con mucha probabilidad (aunque sea difícil cuantificarlo), es la persona del mundo del cine, incluyendo directores, actores, actrices, guionistas y demás, en la que más veces pienso y a la que más recuerdo. Pero Setsuko dejó de hacer cine hace más de medio siglo, y su carrera, aunque iniciada a la muy temprada edad de 16 años (en 1936), estuvo en el más alto nivel durante otros 16, desde 1946 (fecha de No añoro mi juventud, primera gran película de Akira Kurosawa) hasta 1962, año de 47 Ronin de Hiroshi Inagaki y, sobre todo, de El otoño de la familia Kohayagawa, de Yasujiro Ozu. Una carrera relativamente breve, toda ella transcurrida en Japón: no es un buen marchamo para la popularidad, ni para la posteridad, al menos entre quienes no tienen a Ozu por el primer cineasta de todos los tiempos.

Los datos fríos dicen que Setsuko Hara nació el 17 de junio de 1920. Es posible que siga viva, pero no tenemos la certeza, como tampoco de su posible muerte. En el primer caso, tendría 94 años. El fallecimiento de Ozu, para el que protagonizó algunas de sus mejores películas (Primavera tardía, Cuentos de Tokio, Principios de verano, Crepúsculo en Tokio, Otoño tardío o la anteriormente citada), marcó el final de la vida pública de Setsuko. Ocurrió del 12 de diciembre de 1963: acudió a su funeral, firmó en el libro de condolencias, por primera vez, con su verdadero nombre (Masae Aida) y pocos días después, anunció su retirada, para siempre, del mundo del cine. Las palabras con las que lo justificó, según las secundarias fuentes que he podido encontrar, se aproximan a lo siguiente: nunca le había gustado hacer cine, era solamente un medio para mantener a su familia y todos los aspectos de su carrera como actriz le parecían irrelevantes.


Y desde entonces, Setsuko desapareció sin dejar rastro. Se cree que se retiró a vivir en Kamakura, donde está la tumba de Ozu y donde se rodó Primavera tardía, pero no podemos ir más allá del "se cree". Lo que sí se sabe es que Setsuko, como Ozu, nunca se casó ni tuvo hijos.

Hablando de esto, no podemos evitar evocar la historia de la película de 1949: el personaje de Setsuko, Noriko, no quiere casarse: prefiere quedarse a vivir con su padre viudo y cuidar de él. Y su padre,  Chishu Ryu, consciente de su edad y del poco tiempo que le queda, no quiere enterrar a su hija en vida con él. El resultado es que la fuerza a casarse y los dos, padre e hija, son infelices para siempre.

Y a partir de ahí, solo queda la especulación. Tal vez Ozu fue esencial para Setsuko y no pudo volver al cine sin él: quizá entre ellos hubo un amor más real que muchos otros amores que sí se consumaron. O tal vez, desde 1963 y tal como se traslucía en su despedida, no haya vuelto a pensar en el cine y guarde un pésimo recuerdo de los rodajes, los estrenos y los personajes en los que siempre representó el dolor callado, el sufrimiento mudo, la gratitud sin esperar nada a cambio, la decencia, la modestia, la antítesis de la fatuidad o del orgullo. En definitiva, la persona maravillosa e imprescindible que no se hace notar más que cuando desaparece y su ausencia produce un dolor lacerante: el mismo dolor que ha producido su ausencia, desde 1963, en la historia del cine.


Buscando rastros de Setsuko, hace poco cometí el error de ver un ejercicio de egocentrismo decadente llamado Tokio-Ga, en el cual Wim Wenders ni se toma la molestia de intentar averiguar algo sobre ella, muy preocupado como está de aderezar su supuesto homenaje a Ozu con planos de las máquinas recreativas en las que desperdicia su viaje a Tokio y en filmar detalladamente cómo se elabora la comida de plástico. No fue un error ver Millennium Actress, de Satoshi Kon, sin duda una buena película, pero por mucho que la protagonista sea una actriz retirada y desparecida, no es Setsuko; ni siquiera se le parece. En la notable y parcial autobiografía de Akira Kurosawa (sólo llega hasta 1950), a pesar de detallar sus conflictos con productores, actores y sindicatos y de hablar del rodaje de No añoro mi juventud, el nombre de Setsuko ni se menciona...

Tal vez todo sea mucho más prosaico. Tal vez Setsuko veía que llegaban el cine de Oshima, Imamaura, Wakamatsu y Terayama, con la explosión de violencia y emociones que Ozu y Naruse siempre habían evitado en sus obras y sentía que no tendría un hueco en la siguiente generación de cineastas, aunque viendo la carrera de Ayako Wakao al lado de Yasuzo Masumura y la de Mariko Okada con Yoshishige Yoshida, cabe suponer que se habría equivocado al pensar así.

O quizá, en los 51 años transcurridos desde su retirada, Setsuko haya pensado más de una vez que aquella no fue una buena decisión y haya hecho suya la frase que dejó dicha Douglas Sirk años después de abandonar el cine en la cúspide su popularidad:
A veces, pensando en mí mismo, me parece que estoy viendo a uno de esos malditos personajes escindidos de mis películas.
y haya sentido "la innegable fascinación de ese lugar corrompido" y la decisión de dejar el cine la haya hecho mucho más infeliz de lo que lo fue durante el tiempo en que se dedicó a él.

Muchos tal vez y ninguna certeza. Quizá, como último "tal vez", se reduzca todo a una historia de amor no correspondido: la de quienes vimos, conocimos y quisimos a Setsuko y la de ella, que no nos quiso a nosotros. Algo tan sencillo y tan doloroso como eso.

                           

13 de octubre de 2014

Zinemaldia 2014 (8): Las huellas de Ozu

Han pasado ya más de tres semanas desde que se inició el Festival de Donostia (y dos desde que finalizó) y sus ecos, lejos de apagarse, van creciendo, aunque tomando distintas tonalidades según algunas películas vistas entonces se estrenan comercialmente, adquieren repercusión o van creciendo en nuestra memoria. Aunque tan cierto como lo anterior es que otros recuerdos o sensaciones del festival van menguando o incluso se desvanecen de súbito, en un duro despertar que a veces se parece demasiado al de la protagonista de Mommy cuando el semáforo se pone en verde y el 1:85.1 se encoge para siempre...

Algo así también sucede en Boyhood, la última gran película de Richard Linklater que pasó a formar parte de Zinemaldia al ser emitida el primera día del festival con motivo de la entrega del premio FIPRESCI Internacional de 2014. Y lo vemos cuando, hacia la parte final, el protagonista, Mason, abandona la modesta casa materna, tal vez para siempre, con una tranquilidad rayana en la indiferencia y su madre, interpretada por Patricia Arquette, llora y se da cuenta de que ahí se termina toda una vida de lucha, sufrimientos y errores: una vida que ahora interpreta inútil, que la conduce a una irremediable soledad y que la convierte, por duro que suene, en material fungible para la siguiente generación. Y ahí es donde, casi sin quererlo, se nos aparecieron de repente Yasujiro Ozu, Chishu Ryu y Setsuko Hara y todo lo que simbolizaron y la película adquirió de repente la trascendencia que hasta entonces parecía faltarle.

Porque durante buena parte del metraje, Boyhood parece una idea excepcional (rodar durante doce años con los mismos actores para mostrar el transcurrir de una vida desde los 6 hasta los 18 años) trasladada a la pantalla con fluidez y sin alardes. Lo estridente, en este caso, es el cambiante entorno familiar al que se enfrenta el protagonista, con un padre en principio ausente y una madre muy desafortunada en sus elecciones sentimentales, a pesar del distinto origen y condición de sus dos sucesivos maridos. Pero todo ello parece dejar pocas señales en Mason, que no deja de transmitir serenidad y madurez y en ningún caso la narración lo conduce por los esperables senderos de la adolescencia conflictiva, de los problemas con el alcohol o con las drogas (la única "borrachera" que vemos es tan leve que a cualquier espectador de edad adulta le costará reconocerla como tal).

                          

Y conforme vamos viendo el transcurrir del tiempo, de forma tan suave que a veces nos cueste darnos cuenta que hemos cambiado de año, notamos ciertas huellas en el cuerpo y la mirada de los protagonistas y en sus actitudes vitales. Por un lado la poca suerte de Patricia Arquette, que primero se casa con un supuestamente encantador profesor de antropología que, en pocos años, vira en un alcohólico sádico del que tienen que huir sin mirar atrás, y posteriormente con joven y poco inteligente ex soldado en Iraq y funcionario de prisiones (y en estos dos personajes vemos que Linklater atiza a izquierda y derecha, a intelectuales y hombres duros, como dos caras de la misma moneda: una autocrítica visión del mundo masculino que en, cierto sentido, lo conecta con Nuri Bilge Ceylan).  Y por otra parte, el errático discurrir de Ethan Hawke, primero como el padre guadianesco que, pese a sus ausencias y su responsabilidad intermitente, tiene una relación de cierta complicidad con sus hijos hasta que su segundo matrimonio y su inserción en una familia religiosa y conservadora marcan su poco estimulante punto de llegada, para decepción de Mason.

La presencia de Lorelei Linklater, hija del director, como la hermana del protagonista no parece, en absoluto, inocente, y tal vez ahí estemos viendo una poco velada autocrítica del cineasta hacia sí mismo y hacia su generación. Frente a unos padres perdidos y desorientados, unos jóvenes sensatos y con las ideas claras, aunque la esperanza de Linklater no es distinta de la que ha existido en todos los lugares y en todas las épocas: que los errores no se hereden y que las faltas cometidas sirvan de ejemplo para los que nos sucedan. Seguramente si Julie Delpy y el Ethan Hawke de Antes del amanecer hubieran visto Boyhood el día en que se conocieron, hubieran estado más convencidos de lo que entonces estaban de la conveniencia de estar separados nueve años y de madurar por separado antes de embarcarse demasiado pronto en lo que el mismo Hawke y Patricia Arquette desgastan casi antes de empezar; o quizá no. Quizá no hubieran concluido nada, al igual que nosotros no podemos concluir de esta notable película más la ligera intuición de que en la vida no hay reglas, que nada se aprende más que sobre la marcha, que la ignorancia no es el punto de partida sino, probablemente, el punto de llegada y que, por mucho que nos empeñemos, somos demasiado olvidables y prescindibles como para pretender dejar huella con el más leve paso que damos. Aunque, pese a todo, alguna vez podamos hacernos la misma ilusión que este poema del olvidado Vicente Escolar:

Ya que tenemos que morir   
que sea pues  
después de haber vivido
 no solos y

 desesperados
como viejos

 románticos

 sino como hombres y mujeres

 híbridos de ser mortal
e inmortal que somos. 


7 de octubre de 2014

Zinemaldia 2014 (7): El hielo en la sangre

Imaginémonos una película que empieza con el primer plano de un brazo. No hay sonido: sólo un silencio muy incómodo. Parece un brazo sano, de una persona joven. De repente, un poderoso cuchillo se acerca a ese brazo y empieza a rebanar filetes. Filetes de brazo. El silencio se torna insoportable. El cuchillo y quien lo empuña, impasibles, rebanan y rebanan hasta que llegan al hueso. Viendo Magical Girl, de Carlos Vermut, podemos tener una sensación parecida a la que nos producirían esos filetes de brazo, con la diferencia de que no vemos ningún filete de carne humana; tal vez sí algún cuchillo, pero de escorzo. En todo caso, los sentimos y los notamos: están muy presentes y no como amenazas, sino como realidades.

Pensemos ahora en una imagen de la lucha de clases en su versión más furiosa, espontánea y desorganizada: como, por poner un ejemplo cinematográfico, la rebelión de los barrios pobres contra el reclutamiento obligatorio en Gangs of New York, de Martin Scorsese, y sus crudas derivadas: ejércitos de insurgentes avanzan hacia las zonas ricas, asaltan las casas, rompen puertas y ventanas, incendian edificios, se hacen con armas y las usan a discreción.

Trasladémonos ahora a la época actual y pensemos en un equivalente: un equivalente muy distinto, eso sí. Nos encontraríamos con un pobre, pero aislado, sin amigos y sin posibilidad alguna de formar parte ni de identificarse con un movimiento social o con una lucha colectiva. Un profesor en paro, hasta hace poco miembro de la clase media, en acelerado proceso de proletarización. Su única compañía: una hija pequeña, enferma de leucemia. Sus únicos contactos: los camareros de los bares a los que acude, de mañana, desde que está sin trabajo. Su mentalidad: la consumista, propia y típica de la clase media, que le hace tener la ilusión de que la mejor forma de luchar contra la gravísima enfermedad de su hija es comprarle un regalo escandalosamente caro. Su forma de conocer los más recónditos deseos de ella: no mediante una conversación cara a cara o mediante una inexistente complicidad entre padre e hija. No. Lo consigue espiando el diario de ella, al modo de quien, para conocer los gustos de la persona a la que quiere y con el fin de abreviar el "trabajo" que le llevaría conocerla, escudriña de arriba abajo su perfil de Facebook.


Pensemos ahora en el estrato social opuesto: una mujer de clase alta. No trabaja: vive encerrada en una gran casa, con las esporádica compañía de su marido, un psiquiatra de prestigio. Además de su marido, es su médico. Sobre todo, es su médico. Su relación tiene muy poco que ver con una pareja de enamorados: él la trata como una niña, y ella, por veces, se comporta como tal. Viste como una presa. En un instante de soledad, y al modo de Shirley MacLaine en El apartamento y de Aura Garrido en Stockholm, un espejo roto nos muestra la medida de su desamparo. Se pasa el día viendo la televisión. Y arrastra un pasado de una brutalidad sin paliativos. 


En un momento dado, esos dos mundos se tocan. En una transparente metáfora, ella empieza vomitando sobre él (literalmente). Pero ese contacto, a la manera de Los canallas de Claire Denis, se torna sexual. Y a raíz de ese encuentro, el hombre pobre hace suya la discutible máxima que preside toda la trama y que verbaliza una camarera en los primeros minutos:

El problema de este país es que es tan corrupto el banquero como el currito.
Atravesada por esa visión de la corrupción y la indecencia como transversales a todos los estratos sociales y por una cierta idea de España (hecha explícita también a través de un parlamento sobre el toreo pronunciado por el peculiar sátiro sádico que responde al nombre de Oliver Zoco) como punto de encuentro entre la pasión y la razón, la película acaba componiendo un relato atroz de los atroces tiempos actuales. Con un magnífico uso de la elipsis (que nos remite, de nuevo, a la imprescindible Los canallas), coronado con un lento, majestuoso y terrible fundido a negro ante una cámara de los horrores que responde al nombre de Puerta del Lagarto Negro; con unas rupturas de plano que recuerdan en su sequedad a Jean-Pierre Melville; con un cavernoso José Sacristán que en la primera secuencia ve cómo un simple juego de manos desbarata su amor por la exactitud y las matemáticas, Magical Girl supone un espectacular salto adelante en la carrera de Carlos Vermut, que consigue pulir todos los excesos de su primer largometraje, Diamond Flash y, sin abandonar sus obsesiones (como la presencia del anime japonés y de un cierto folclorismo, introducidos en sus justas dosis), es capaz de construir una precisa bomba de relojería que nos interpela, nos arrastra y nos sienta como una dura patada en el estómago. Si el cine español no ha sido rápido a la hora de abordar la Crisis con la dureza, la originalidad y la exigencia que la situación merecía, bienvenida sea esa tardanza si da lugar a obras como esta merecida Concha de Oro en el Festival de San Sebastián.

                              

6 de octubre de 2014

Zinemaldia 2014 (6): De derrota en derrota

Un festival de cine como el de San Sebastián se compone, en buena parte, de grandes momentos, como los que supusieron los visionados de Loreak, Sueño de invierno, P'tit Quinquin, Jauja, Mommy o el de la rumana Morgen, de la que hablamos aquí. O los de Boyhood y Magical Girl, sobre las que esperamos escribir en breve. Pero, por desgracia, no siempre es así. A pesar de que la palabra "festival" parezca invitar inequívocamente a la alegría, durante su transcurso también hay momentos malos, duros, en la que la sospecha adolescente, nunca disipada del todo, de que tal vez no tengas nada en común con el resto del mundo parece hacerse realidad y te preguntas qué estás haciendo ahí, en salas abarrotadas que aplauden películas que solo tú pareces detestar y sacas la conclusión, momentánea pero muy poco agradable, de que tal vez deberías estar viviendo en Marte, con los marcianitos.

En el Zinemaldia 2014 me pasó esto con tres películas. Dos de ellas suscitaron aplausos y algunos entusiasmos y la tercera, por fortuna, no (aunque tampoco la reacción furibunda que, en mi opinión, habría merecido).

  

La primera de ellas, La entrega de Michael R. Roskam, se llevó el premio al mejor guión (para el novelista superventas Dennis Lehane) y supuso la primera gran decepción de la Sección Oficial. Se trata de una película de género, lo cual, a priori, no puede suponer una descalificación: pero no es cualquier película de género. Se trata de una de las más tópicas que hemos visto en mucho tiempo, y transmite la poco estimulante sensación de que se compone de fragmentos de otras películas, reunidos aquí para evitar cualquier sensación de novedad, de sutileza o de ausencia de énfasis. Es un thriller con la mafia de fondo, y en ella los personajes hablan en susurros (al modo de Vito Corleone); su protagonista, polaco y católico, va a misa pero no comulga (es un asesino con remordimientos), y su antagonista, checheno, violento con las mujeres y maltratador de animales, es un compendio de maldad sin matices (a la que se unen la cobardía y los delirios de grandeza). Colateralmente, tenemos a un policía latino que, por su empleo del doble lenguaje y por su observación de las prácticas religiosas de su compañero de confesión, parece saber las claves de la trama desde el minuto uno, pero sólo lo explicita después de que los espectadores hayamos descubierto que "nada es lo que parecía". El romanticismo en sordina del hombre duro (transparente concesión a Humphrey Bogart) y el envilecimiento de las causas nobles, tan frecuente en estos tiempos (en este caso, el amor a los animales utilizado como muestra del corazón de oro de un descuartizador), terminan de componer un cuadro de un interés casi nulo.



 

La segunda película que me trasladó a otro planeta fue Haemoo, ópera prima del surcoreano Shim Sung-bo (anteriormente guionista de Memories of Murder), que en un principio parece que va a transitar por las aguas del drama social, pero tras unos primeros minutos engañosos pronto deviene en una alucinada película de monstruos (en el peor sentido). Un capitán de barco convertido en descuartizador improvisado y cargándose a todos sus hombres de un plumazo, una tripulación en estado de trance colectivo, violencia y sangre efectistas y faltas de cualquier razón narrativa o estética y, para culminar, una historia de "amor" de plexiglás colada de rondón. Resultar difícil catalogar a esta obra tan hollywoodiense y realizada bajo las premisas de la comercialidad a ultranza, tan indiferente a tantas y argumentalmente tan sobrecargada, como "cine"; más bien parece una máquina de hacer dinero, pero será dinero sucio. 


Capítulo aparte merece Murieron por encima de sus posibilidades, y también bastante incredulidad para quienes, hasta ahora, habíamos seguido con curiosidad y a ratos admiración la carrera de Isaki Lacuesta. Por suerte, ya han pasado varios días desde su visionado y la indignación que produjo en un primer momento se ha ido transformando en pena. Lo que Lacuesta parece pretender aquí es un intento de comedia coral, grotesca y satírica a lo Berlanga, pero se queda solamente en grotesca: un ritmo embarullado, personajes que se atropellan, y un humor de trazo tan grueso que resulta imposible reírse, aunque sea del despropósito general (con una excepción, un inspirado monólogo de Albert Pla). Como comedia no funciona, y tampoco como ninguna otra cosa.

Dicho esto, habría que hablar también del componente político de esta película. Además de ridiculizar al 15-M y a cualquier movimiento asambleario, de hacer chanza de la protesta social, de otorgar un amabilísimo trato al principal banquero del país frente a la colección de descerebrados que irrumpen en su trono y de reducir a pensamiento tuit cualquier estadística seria sobre la riqueza y la pobreza en el mundo, la enervante voz en off final completa el largo viaje hacia la ira que supone, como espectador, aguantar estos 100 minutos de infamia. Está en su derecho Isaki Lacuesta de hacer una película abominable y de extrema derecha, de intentar coger el relevo de Mariano Ozores o del último Rafael Gil y pretender hacer algo de taquilla entre el público de ideas diestras y berroqueñas; pero también nosotros en desear con todas nuestras fuerzas que sea el fracaso más sonoro que ha cosechado película alguna en lo que va de siglo. Sería un triunfo de la dignidad.

2 de octubre de 2014

Zinemaldia 2014 (5): Las fronteras de la razón


Poliédrica, poderosamente evocadora, por momentos mitológica, Jauja es una propuesta de primerísimo nivel y con ella Lisandro Alonso, después de varios años de sequía y de ofrecernos varias propuestas de desigual valía, es capaz de situarse como un cineasta de culto en el mejor sentido de la expresión (algo discutible tras el mal sabor de boca dejado con su vacía y muy fallida obra anterior, Liverpool). La cantidad de matices y lecturas que podemos encontrar en Jauja, presente en la sección de Horizontes Latinos del Festival de Donostia (y antes ganador del Premio FIPRESCI de la categoría Un Certain Regard de Cannes), exigen que para intentar desentrañar parte del universo que parece encerrar hablemos con la máxima prudencia, y a ser posible con una interrogación de fondo; aunque no que nos inhibamos ni que nos acerquemos con miedo, porque eso sí sería no hacerle justicia a una obra que nos dice tanto y de forma tan compleja.

La película, para hacer honor a la aparente quietud que refleja, parece que va a transcurrir por los tranquilos senderos estéticos de los planos fijos; y sin embargo, no es así. Además de estar filmada en 1.33:1, los bordes del cuadro son redondeados, como si estuviéramos ante una colección de fotos muy antiguas. Pero la muy llamativa y magistral paleta cromática, obra del director de fotografía finlandés Timo Salminen (el habitual de Aki Kaurismäki) y la gran profundidad de campo, hacen que la mera contemplación de las escenas, por tranquilas y vacías que parezcan, desprenda un halo de fascinación tan significativo como inquietante.



Observando de forma literal a los personajes, sus ambientes y su atmósfera, resulta inevitable pensar en el western: estamos en el siglo XIX, en Argentina, en unas llanuras inmensas y con un pequeño núcleo de militares que luchan contra un enemigo invisible, escurridizo. Es decir: contra un indígena. Esto es: contra todos los indígenas. Hablando claro: están consumando un genocidio, aunque aquí, como en el western tradicional estadounidense, todo quede lo suficientemente sublimado como para no dejar oír más que un eco muy lejano de la disgregación y extinción de comunidades enteras. Pero en Jauja, como en las películas de Albert Serra, no tenemos acción: tenemos tiempos muertos, minutos que pasan lentos bajo la inmensidad del cielo.  Aquí el indígena, el enemigo irreductible y feroz que construyen en su imaginario los protagonistas, toma el nombre de Zuloaga y es el hombre sobre el que todos cuchichean, en voz baja, como si diera mala suerte su mera mención y la de sus supuestas atrocidades.



Otro elemento de interés añadido es la presencia del personaje de Gunnar (Viggo Mortensen) y su hija Ingeborg: dos daneses desubicados, que hablan entre sí en su idioma y apenas él puede comunicarse con el resto de militares en un endeble español. Las expectativas sentimentales de varios personajes en torno a la hija y la posterior fuga de ésta con un oficial joven hacen que el western se vaya diluyendo e intuyamos que nos vamos a sumergir en el drama romántico, en el amor prohibido entre militar y joven de buena familia, en Elvira Madigan o en Diario íntimo de Adela H., pero es una intuición fallida: ella no habla una palabra de español con su amante, Gunnar está perdido y camina sin rumbo y el paisaje se vuelve progresivamente más inhóspito: nos dirigimos directamente al extrañamiento. Y cuando los ecos de la trama parecen apuntar hacia Centauros del desierto, llegamos a las estocadas finales, que nos trasladan, sin brusquedad y en una tranquilidad casi flotante, a los límites del conocimiento, a las fronteras de lo universal, a unos márgenes nebulosos en los que el tiempo transcurre siguiendo unas leyes muy distintas a las de la razón cartesiana y occidental y en donde parecen haber pasado siglos desde el comienzo de la trama. Es entonces cuando la palabra "razón" se ve señalada y son sus excluidos los que se encargan de impugnarla, y el propio Gunnar, en la oscuridad de una cueva, el que asume que ha perdido la batalla y que en el mundo fronterizo su lógica se ha acabado.

Si concluimos que tal vez a esta película le sobre algo, quizás el ambiguo toque onírico final, deberíamos dirigirnos al Samuel Taylor Coleridge que citaran Borges y Godard como posible indicio de que nos equivocamos:
Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y recibiera una flor como prueba de su paso, y encontrara al despertar esa flor en su mano... entonces, ¿qué? 
Entonces, Jauja será la respuesta. 

1 de octubre de 2014

Zinemaldia 2014 (4): Xavier Dolan o el genio latente


Que un crítico de cine haga predicciones sobre el futuro tiene la misma relevancia que un economista que pronostique la tasa de inflación o la subida o bajada del PIB a tres años vista, que un experto en fútbol internacional que hable del futuro campeón de los próximos Mundiales o que una pitonisa llamada Lola que eche las cartas y diga que te espera el amor en una esquina o tal vez el odio en un bar de copas. Exactamente: ninguna relevancia. Cualquier cineasta puede decidir, en un momento de su carrera, que ya está bien de hacer cine y que lo que quiere es  ganar dinero (como, valga la extraña comparación, Pedro Lazaga o Zhang Yimou); o que ya está bien de tanto dinero y por qué no dedicarse a hacer cine (como Takeshi Kitano); o que, en algún momento y por las circunstancias que sean, se le fundan los plomos y empiece a vagar errático por diversos artefactos de nula significación cinematográfica (como Julio Medem o Kim Ki-duk).

Dejando esto claro, hay en el mundo del cine un nombre que parece destinado a dejar una profunda huella en la historia de este arte durante las próximas décadas. ¿Qué cualidades tiene Xavier Dolan que nos hagan decir esto? En primer lugar, su juventud y energía: con 25 años y desde 2009, ha dirigido cinco largometrajes; en todos ellos, además de realizador, guionista y montador, se encarga del diseño de vestuario (y no de cualquier manera). En segundo lugar, su ambición y su falta de sentido del ridículo: Laurence Anyways dura casi tres horas, Mommy sobrepasa ampliamente las dos y en Yo maté a mi madre, Los amores imaginarios y Tom à la ferme interpreta papeles protagonistas (especialmente inspirado en esta última); y en todas ellas hay unos argumentos abigarrados, delirantes por veces, locamente melodramáticos y en algún caso, encerrados en los más estrictos estándares del género (como el thriller en Tom à la ferme).




A Dolan tampoco parece importarle el incluir conocidísimas y poco prestigiadas músicas en sus bandas sonoras: en Tom à la ferme los evocadores y nocturnos créditos finales son acompañados del Going to a town de Rufus Wainwright; en Mommy suenan el Blue (Da Ba Dee) de Eiffel 65 y, en dos de los momentos cumbres de la trama, el Wonderwall de Oasis y On n'e change pas de Celine Dion, instante que aprovecha Dolan para alejar la cámara y poner a bailar y a disfrutar a sus tres desdichados protagonistas, por momentos asfixiados dentro del estrecho espacio que les deja el formato de 1:1 que el cineasta quebequés ha escogido para la ocasión.

Porque otra sus cualidades es la osadía. Si ya en Tom à la ferme había saltado en escenas del 1.85:1 al 2.35:1 (y nunca de forma caprichosa, siempre atendiendo a necesidades de la trama), aquí se lanza a un formato más estrecho que el tradicional 1.33:1 y da la razón al Fritz Lang que criticaba la generalización del 16/9, que según él sólo servía para filmar "entierros y serpientes". Desde los años 50, con la invención del CinemaScope -primero con el muy alargado 2.55:1 (en La túnica sagrada, de Henry Koster)- y posteriormente con el hoy generalizado 1.85:1 (aunque en este festival de Donostia, el más habitual ha sido el 2.35:1), parecía que el 1.33:1 había quedado relegado para ciertos productos televisivos; pero cuando ya hasta las series de televisión, atentas a la evolución del formato de televisores y ordenadores (que en los últimos diez años han virado por completo hacia el 1.85:1) abandonan este formato,  Dolan nos muestra que dicha elección no era en absoluto la única posible.

El cine podría haber transcurrido en vertical y no en horizontal y en Mommy tenemos una notable muestra de ello: la adecuación de los primeros planos al cuadro es total, las vidas asfixiantes y claustrofóbicas de los tres desdichados protagonistas y el poco espacio de libertad que la vida les concede se ven reflejados con una fidelidad que resulta difícil imaginarse esta película en otro formato.



En el último festival de Cannes, llamó la atención la presencia de Dolan al lado de la de Jean-Luc Godard, 59 años mayor; ambos compartieron el Premio del Jurado y se intercambiaron sus pullas (el cineasta francosuizo dijo sobre Mommy : "No iría a verla" y habló de "un director joven que hace una película vieja"), pero el comienzo de esta película, con un accidente de tráfico rodado con planos cortos y brevísimos que contienen encuadres extraños y caóticos, nos remite al Godard más hermético (el de los 80) y nos presenta de forma ejemplar a la conflictiva madre y la odisea que le espera con su joven y violento vástago. La película explota esporádicamente en arrebatos de violencia que, como búfalos en estampida, arrasan por completo cualquier momento anterior de paz, de construcción tranquila de un pequeño nido con la compañía de la asustada y tartamuda vecina, otra mujer perdida que por momentos es una pata más de la inestable e improvisada comunidad familiar que se va encaminando hacia el fracaso pero, como el cine en horizontal, no estaba predeterminada para ello.

                   
Y aunque en dos ocasiones (de los minutos 80 al 84 y del 110 al 114) Dolan ensancha la pantalla hacia el 1.85:1 como reflejo de falsas ilusiones, es al cortarlo en seco cuando nos concede el momento más duro de la película, cuando la madre protagonista sueña un bello futuro para su vástago con estudios brillantes, boda y carrera profesional prometedora en un montaje trepidante y todo se interrumpe de la forma más seca y descorazonadora y nos traslada de nuevo el mensaje de que la vida transcurre en 1:1 y nunca dejará de transcurrir de esa forma. Esperemos, sin embargo, que por todo lo dicho y contradiciendo a Mommy, la carrera de Dolan pueda saltar del 2.70:1 al 0.80:1, se ensanche y alargue todo lo que promete y consiga dar esos grandes saltos de los que nadie como él parece capaz.

30 de septiembre de 2014

Zinemaldia 2014 (3): El odio subterráneo



La evolución de la obra del cineasta turco Nuri Bilge Ceylan parece seguir el mismo ritmo interno que sus dos últimas películas: una carrera larga, cuidada, en crecimiento constante y lento pero tan sustancial como el movimiento de placas tectónicas. Es posible que después de Sueño de invierno siga teniendo sus detractores, habrá quienes le sigan ignorando, a quienes les provoque aburrimiento o indiferencia: pero será difícil encontrar a quien me pueda convencer de que no hay ahora mismo un cineasta europeo más importante y ambicioso, más consciente de las miserias humanas y que sepa reflejar mejor la distancia entre las expectativas vitales y las mediocres realidades a las que dan paso; que haya digerido mejor influencias tan complejas como las de Ingmar Bergman y sobre todo y en este último largometraje, Shakespeare -presente en el título y en multitud de detalles- y Chejov -el protagonista parece sacado de Una pieza inacabada para piano mecánico- y que sea capaz de, en un largometraje de tres horas y veinte minutos, mantener a una sala abarrotada como la del Kursaal 2 sin apenas deserciones ni bostezos y en un silencio sepulcral y con un prolongado aplauso final como colofón.

Sueño de invierno es una película clara como el agua y tan parsimoniosa que, con toda la calma que exige la zona retirada de la Anatolia central en que transcurre y la vida apartada y por momentos monótona que llevan sus protagonistas, tarda una hora larga en descubrirnos los conflictos que minan la existencia del protagonista y de las dos mujeres que le rodean. Y ello después de un significativo viaje en coche interrumpido violentamente por una pedrada y varias conversaciones largas y aparentemente intrascendentes, en las cuales se va intuyendo un sentimiento subterráneo que, al contrario que en Loreak, es el odio y no el amor.


Lo significativo es que, como viene siendo habitual en el cine último de Ceylan, el protagonista es un ser inconsciente del daño y el odio que suscita a su alrededor. Al igual que el juez de Érase una vez en Anatolia y que el protagonista que (en un gesto de autoinculpación poco habitual) interpretaba él mismo en Los climas (con su mujer y coguionista Ebru Ceylan como víctima de su insensibilidad), el exactor que ahora regenta el Hotel Otelo y que es propietario de multitud de casas en la zona sonríe desdeñoso ante los reproches que le van dirigiendo el imam pobre que ha tenido que ver cómo le embargan una nevera y una televisión por impago,  su propia hermana que vive enterrada en vida a su lado y que añora el desastroso matrimonio que al menos le permitía algo de independencia, y por último y como detonante del fin de la ceguera del protagonista, su mujer, una joven que vive en un ala del hotel con relativa independencia y dedicada a labores de filantropía.

A esta insensibilidad, como decimos tan común en los protagonistas de Ceylan, se le añade un elemento sacado de la más pura estirpe chejoviana, que ya veíamos en parte en otro personaje de Érase una vez en Anatolia (el forense) y que tan bien describía Ricardo Piglia en su novela Respiración artificial:
Un hombre que no tiene quizás todos los dones, pero sí muchos, incluso bastantes más que los comunes en ciertos hombres de éxito. Tiene esos dones, y no los explota. Los destruye. De modo que, en realidad, destruye su vida. Hay muchos en todos lados, pero algunos de ellos son hombres muy interesantes, sobre todo cuando han empezado a envejecer y se conocen bien a sí mismos.
Sueño de invierno nos muestra sutil y ejemplarmente la forma en la que Aydin (el protagonista) se va conociendo a sí mismo y su estéril presente, su nulo futuro y su fallido pasado. Es un escritor que prepara un libro "grueso e importante", como le revela a uno de sus inquilinos, pero que no ha escrito una línea más allá del título; que se pavonea de crear opinión pero que escribe artículos de tercera en una hoja local; es un hombre rico que vive de rentas, pero ni siquiera conoce a sus inquilinos y manda a tratar con ellos a un perro de presa que le hace el trabajo sucio; es un exactor que ha interpretado obras de Shakespeare, pero su mayor recuerdo del mundo de la actuación es haber cruzado accidentalmente unas palabras con Omar Sharif; es un aspirante a intelectual que no deja de hablar de sus múltiples virtudes, pero, como le reprocha su mujer, las usa como forma de humillación a los demás y desprecia a los creyentes por crédulos y a los no creyentes por faltos de espiritualidad; a los jóvenes por ingenuos y a los viejos por acabados.


La cámara no deja de mostrarnos esta realidad, aun antes de que él mismo sea consciente de ella: en los planos de paisajes (de gran belleza) hay un uso casi abusivo de la profundidad de campo, pero cuando Aydin está presente el fondo está inequívocamente desenfocado. En el plano anterior a los créditos iniciales, el protagonista está mirando por una ventana; hay luz, pero no le ilumina a él y la cámara se va acercando, desde atrás, hasta alcanzar su cabeza y fundir a negro. Dos horas y media después, tras la última y durísima ristra de reproches de su desesperanzada mujer, volvemos a verlo junto a una ventana, esta vez mirando hacia dentro, en la estación de tren en la que se dispone a viajar a Estambul para no volver y el sol le ilumina desde atrás; ya no mira hacia afuera, sino hacia dentro, pero ya no vive en la oscuridad.

En una película tan llena de silencios como ésta, cobra especial sentido el importante trabajo de sonido, que en cuatro momentos clave rompe de forma estruendosa: una pedrada en la furgoneta que conduce al protagonista, una bofetada al desdichado sobrino del imam al borde del desahucio, unos billetes que van a parar al fuego y un disparo a un inofensivo conejo, última hazaña con la que el protagonista parece definitivamente volver atrás después del arranque de orgullo en el que parecía atreverse a empezar de nuevo y a liberar las energías malgastadas, con la liberación de un caballo como símbolo.


Tal vez el mayor riesgo de una película que alude de forma tan evidente a Bergman (las conversaciones furiosas que irrumpen en la calma aparente nos remiten a Los comulgantes y a Fresas salvajes), a Shakespeare y a Chejov sea el de intentar transparentar demasiado estas influencias y atiborrar la obra, de forma que se indigeste por exceso de ilustres. La paródica cita final del protagonista:
Me levanto por la mañana con grandes planes y me paso el día sin hacer nada.
previa a un vómito y en plena y catártica borrachera, espanta definitivamente ese riesgo y nos muestra que, en el fondo, el mismo Nuri Bilge Ceylan no se siente alejado de su protagonista; sabe que no es ninguno de los grandes autores a los que cita, pero es capaz de escribir una carta bajo la nieve para decir afligido: "seré tu criado, seré tu esclavo"; es el mismo Levent que nos advierte que antes era tartamudo y por eso ahora habla demasiado; es el mismo hombre que huye de la empatía, de la paternidad, de la felicidad, como el forense de Anatolia que se miraba al espejo y se veía solo y acabado; es el mismo  que le pide perdón a la sufrida Ebru Ceylan y que, como decía Jordi Costa, transparenta la violenta brecha entre lo masculino y lo femenino; y el que solo es capaz de ver a través de espejos, cristales y ventanas, sabiendo el mundo exterior y él están trágicamente separados. Es, en definitiva, un cineasta trascendente.

29 de septiembre de 2014

Zinemaldia 2014 (2): El amor subterráneo


En un festival de cine, la mayor recompensa es encontrarte con una obra maestra desconocida que, de otro modo, jamás habrías visto o hubieras tardado años en oír hablar de ella. En el Festival de Donostia de este año, ha sido Loreak, película rodada en euskera y dirigida por Jon Garaño y José Mari Goenaga,  la que se ha impuesto con contundencia sobre todas las demás y la que ha revelado, de modo inesperado, su carácter de película imprescindible y dolorosamente inolvidable, a pesar de que el jurado no le haya concedido ni un pequeño reconocimiento.



El comienzo, por poco habitual, merece ser mencionado: una de las protagonistas, Ane, habla con su ginecólogo y éste le comunica que, a sus cuarenta y pocos años, ha entrado en la menopausia. Y, coincidiendo con este proceso, empieza a recibir de forma anónima ramos de flores en su casa, ante la extrañeza y progresiva exasperación de su marido. Desde ese momento, una concatenación de hechos nos van sumiendo en la dura melancolía de unas vidas tan frágiles que parezcan hechas de niebla; unos matrimonios tan desgastados y faltos de amor (y de hijos) que parezcan hechos de rutina, pero una rutina tan molesta y tan fría que se adentra en los pantanos del dolor lacerante; y unas relaciones familiares tan fallidas y desastrosas que parezca lógico que, ante la ruptura del vínculo primordial (la muerte del marido que suponía el único enlace entre unas y otras), la consecuencia sea un abismo insalvable y un silencio de años.


La presencia (y posterior ausencia) primordial de la película es la de Beñat, un hombre afable y sonriente que trabaja manejando una grúa, que intenta ejercer de puente entre su mujer y su madre (cuya relación está marcada por la tensión) y que observa desde lejos a Ane, compañera suya de trabajo, con la que se conforma con un saludo cordial de vez en cuando. Es la aparición de la muerte y la difícil digestión de los fallecidos lo que va dando y quitando sentido  al errático transcurrir de los protagonistas, desde un informativo de televisión que en una cena familiar nos habla de la memoria histórica y de los asesinados por el franquismo hasta el revelador diálogo que Beñat sostiene con su madre, Tere, para justificar su reticencia a acudir a la tumba de su padre:
-Los muertos están muertos.
-Sobre todo cuando los olvidas. 

En la misma línea va el reproche que Tere le dirige a su nuera por no haber tenido descendencia, con la mentalidad arcaica pero práctica de quien sabe que la única forma efectiva de luchar contra la muerte es dejar a alguien que nos recuerde, aunque sea a la fuerza:
-Cuando una mujer quiere tener hijos, se tienen, no importa lo que opine el hombre.
La película avanza con ritmo demorado; la narración abarca cuatro años, pero los océanos de dolor que se van abriendo parecen comprender las frustraciones de las cinco vidas que aquí se ponen en juego. La ejemplar fotografía, que sabe captar las luces tenues que van puntuando unas vidas llenas de sombras, llega a su punto culminante con la iluminación de las cenizas de quien removió toda la trama y que nos recuerda a la luz cegadora que entraba por detrás de la tumba de Ordet. La cámara se mueve lentamente, sin énfasis, con sutileza, como una narración en la que, como verbaliza Ane en la parte final, nunca sabemos nada al cien por cien e incluso el posible amor que dio sentido a las peores épocas pudo no haber existido y ser fruto de una confusión.



Las flores a las que alude el título actúan como una bomba de relojería y como la muestra de que, ante la costumbre del hastío, el vacío y el desinterés, cualquier muestra de amor resulta sospechosa. Tanto el marido de Ane como la mujer de Beñat reaccionan igual cuando, en circunstancias distintas, aparecen semanalmente unos ramos de flores de remitente desconocido: acuden a la floristería con ínfulas policiales, se indignan de que no haya un registro de los extraños que han adquirido unos objetos tan subversivos y han tenido la desfachatez de dar a conocer, tímida y anónimamente, un amor clandestino que no pueden expresar de otra forma. Tal vez ahí esté el mayor mérito de Loreak: el saber captar que no hay nada más doloroso que el amor subterráneo que no tiene forma de salir a la luz y que no tiene más posibilidad de manifestarse que mediante el indicio anónimo y culpable. Nos gustaría pensar que todos los actos tienen consecuencias, que no hay amor inútil por secreto y baldío que parezca y que, en realidad, la peripecia de Beñat y Ane nos resulta lejana y sabemos ver que, en su caso, actuaríamos antes de que la muerte impidiese cualquier atisbo de felicidad.

Pero jamás nos atrevimos a enviar ni una mísera flor y Loreak se fue de vacío del festival.

19 de septiembre de 2014

Zinemaldia 2014 (1): La Francia exterminada

Empezamos el Festival de Donostia con P'tit Quinquin, miniserie de televisión hecha por Bruno Dumont pero con el muy cinematográfico formato de 2:35.1; más de 200 minutos en los que vuelve a su hábitat natural (la Francia rural contemporánea). La obra, dividida en cuatro partes, nos muestra seis asesinatos casi consecutivos con la truculencia añadida de que tres de los cadáveres son devorados por animales (vacas y cerdos) y en ella hay muy poco espacio para la empatía o la compasión: la galería de personajes rebasa lo excéntrico en mayor medida que en Camille Claudel 1915, con la que tiene una extraña conexión, y se acerca a sus primeras obras, La vida de Jesús y La humanidad, en aspectos clave. Entre ellos cabe destacar la presencia de un racismo descarnado, la ausencia de actores profesionales, el protagonismo de un agente policial (en este caso, un comandante de la Gendarmenría) en un aparente estado de idiotez permanente (acentuado por sus contantes tics nerviosos en la cara y sus torpísimos andares) y un ayudante, el desdentado Carpentier, empeñado en arrancar el coche policial rompiendo llantas y haciendo exhibición de pirotecnia; y, como pequeño consuelo, una historia de amor entregada e inocente, aunque en este caso, por la edad de los protagonistas (Eve y Quinquin, quien da título a la película, de unos 12 años cada uno), sin el añadido de un sexo descarnado y violento que se contagiaba del salvajismo latente en sus dos primeros largometrajes.
El cuadro resultante es una desoladora radiografía de la Francia más alejada del cosmopolitismo de su capital; una Francia abandonada y en trance de posesión diabólica (la sombra de los dos Le Pen está algo más que implícita) y en la que el sentido del humor, que se cuela de forma inopinada en un funeral y que acompaña las exageradas torpezas de algunos de sus protagonistas, apenas compensa un gélido y brutal diagnóstico de un mundo en trance de desaparición por la vía del exterminio. La presencia de Aurélie, una joven aspirante a cantante que empieza desafinando en el entierro de la señora Lableu, gana después un concurso de jóvenes talentos y vierte las únicas lágrimas sinceras en la pantalla, por empatía con el vilipendiado árabe Mohamed (acentuadas por la primera música extradiegética que oímos en la película, en su parte final), apenas ofrece más que breves momentos de respiro, y la sincera mirada de melancolía del comisario protagonista por la memoria de la joven es rota de la forma más circense (y por ende, más dolorosa). P'tit Quinquin nos arrolla y Dumont se acerca al notable en una creación dura, exageradamente dura, tanto como la realidad que nos rodea y que aquí observamos con una lente solo aparentemente deformante.

14 de septiembre de 2014

La vida va hacia adelante, no hacia atrás


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Una vez, hace nueve años, una película me salvó la vida.

Esto puede parecer una exageración o una licencia literaria, pero no es así.
Fue en agosto de 2005. Un día muy caluroso. Todavía no estábamos inmersos en lo que hoy entendemos como Crisis, pero  una buena parte de la sociedad ya la estábamos sufriendo. Lo que cambia a partir de 2008 es que se traslada al terreno de la macroeconomía lo que ya estaba vigente en el terreno de las expectativas vitales, laborales, sentimentales... la precariedad ya estaba instalada como modo de vida.  
Así las cosas, seguir viviendo se antojaba algo baldío e inútil. No había motivaciones, no había presente, no había futuro.
Pero en fin, era un día de agosto en Madrid y lo que sí había era programación de la Filmoteca. Emitían Un hombre sin pasado, de Aki Kaurismäki: un director al que apreciaba. Así que me dije: adelante, vamos con ello. ¿Qué podíamos perder?



Y, una vez en la sala, apagadas las luces y abierto el telón, me encontré con un hombre de nariz prominente y rostro contundente que llega, en tren y en silencio, a Helsinki, acompañado por su maleta. Es de noche, tal vez las dos o las tres de la madrugada, con lo que es inútil buscar alojamiento. El viajero, muy cansado y poco dado a exquisiteces, se pone a dormir en un banco. Y en pleno sueño, es atacado por dos bestias pardas que, con un bate de béisbol, lo apalean, le roban todas sus pertenencias y lo dejan al borde de la muerte.

El protagonista no muere, pero además de perder su dinero y encontrarse solo en una ciudad que no conoce, no sabe quién es. La paliza le ha hecho perder la memoria. Y, en esas circunstancias, se encuentra con unos sin techo que viven los arrabales de la ciudad. Gracias a ellos, a su calor humano y a su generosidad, aprende a vivir sin nada. Sale adelante. Uno de sus nuevos amigos le dice:
No te desanimes por haber perdido la memoria. La vida va hacia adelante, no hacia atrás. Estaríamos perdidos si fuese de otra forma.

En un momento de la película, el protagonista va a un concierto que ofrecen unos músicos del Ejército de Salvación para la gente sin hogar. La música, religiosa y anodina, le resulta poco estimulante y al terminar el concierto, se reúne con ellos. Les dice que conoce otras músicas; no sabe cuándo ni dónde las escuchó, pero se ofrece a buscarles discos y a asesorarles. Y hete aquí que, al cabo de un tiempo, los músicos, interpretados por el grupo real Marko Haavisto & Poutahaukat, dan un nuevo concierto. Han cambiado por completo. Ahora son un grupo magnífico.





Algo así me pasó a mí con esta película. Al salir, yo era otra persona. Quería seguir viviendo.
Hace 12 años, Kaurismäki la presentó en el Festival de San Sebastián. Allí dijo:
Mi vida no tiene sentido de no ser por el vino blanco.
pero todos los que hemos visto Un hombre sin pasado sabemos que no es cierto.

Para cerrar el círculo de este pequeño episodio personal, doce años después de aquel festival y nueve años después de aquella proyección de agosto, este blog ha sido acreditado para Zinemaldia 2014. No estará el finlandés, pero sí estará presente todo lo que le debemos desde esta página.