21 de abril de 2017

Retrato de la duda con Chris Marker al fondo

Este blog acaba de cumplir 11 años y un mes. No parece una efeméride especialmente propicia para la celebración, a no ser que por alguna extraña superstición cabalística festejemos estúpidamente la "curiosidad" del 11 años, 1 mes, 1 día, 1 minuto y 1 segundo transcurridos desde tan intrascendente acontecimiento. Hubiera sido más propio, quizá, celebrar el décimo aniversario el pasado año, pero la cifra estaba demasiado puesta en cuestión por la peculiaridad de que esta web estuvo seis años en barbecho, sin actividad alguna, lo que reduce notablemente el supuesto mérito de conmemorar "una década (falsa) escribiendo". 

Por otra parte, cualquier entrada que se lea hoy de la primera época (2006-2008) no queda en muy buen lugar: son textos demasiado breves y superficiales como para merecer un festejo, y la única razón por la que hoy permanecen accesibles en la red es por mostrar las propias carencias: creo que, al menos en este caso, conviene asumir los defectos y virtudes del pasado como elementos inseparables de la personalidad del presente. 
  
Lo cierto es que, hagamos el balance que hagamos, conviene detenerse e, intentando no seguir la pura inercia, mirar de frente una cuestión esencial: ¿qué estamos haciendo, por qué escribimos, para qué y con qué objetivos? Y, sea como fuere, ¿conviene seguir haciéndolo? Siendo muy generosos y quizá inconscientes sobre la relevancia de nuestra propia actividad, podemos decir: sí, sin duda, adelante: solo con que haya una persona interesada en cualquiera de nuestros escritos, conviene no defraudarla; siempre que creamos que tenemos algo que decir, sigamos sin miedo juntando palabras y publicitándolas en las redes sociales, con la convicción de que las botellas que lanzamos al mar tienen seguros destinatarios que se sentirán concernidos por alguna de las argumentaciones que, con el cine como materia, la política o la historia como elemento conductor y la estética como pequeña excusa, confeccionamos con cierta irregularidad. Siendo más severos, y quizás más realistas, podemos sacar alguna conclusión de la crisis o disolución de buena parte de los proyectos colectivos que rodeaban o incentivaban el ejercicio individual y un tanto solitario de escribir, ahora con la sensación de que, al menos por nuestra parte, no hay crecimiento, no hay evolución, no hay una voz lo suficientemente singular y que aporte distinción alguna en el panorama: no hay, en definitiva, muchas razones para seguir adelante. 

Parece claro que la segunda tesis es más sólida y, sobre todo, más sincera que la primera. Y, siendo así, quizá deberíamos poner punto y final y despedirnos. Pero, ¿así, sin más? ¿No sería mejor ralentizar la actividad hasta encontrar la inspiración o las temáticas que den el impulso necesario a esta, insisto en el término, solitaria actividad? ¿No sería pertinente, antes de tomar una decisión en ese sentido, intentar honrar, siquiera de forma mínima, al cineasta que dio nombre a este blog y sobre el que, paradójicamente, nunca hemos escrito?

Es cierto: nunca hemos escrito sobre Chris Marker, autor de la obra maestra del cine político El fondo del aire es rojo: el exceso de respeto, por un lado; los sucesivos aplazamientos "hasta tener algo importante que decir sobre él", por el otro, han ido haciendo el (no) trabajo para ello. Hace unos días, nos acercamos al Cine Doré a ver, por segunda vez (seis años después), Le tombeau d'Alexandre (1992). Y mientras barruntábamos las cuestiones que antes hemos expuesto, parece que en Marker y en su gran documental sobre Alexander Medvedkin estuvieran algunas de las mejores respuestas. En primer lugar, sobre lo que pretendemos hacer escribiendo (y subrayo el pretendemos, conseguirlo es otra cosa): en primer lugar, emplear la subjetividad y la primera persona (aunque sea en plural, como en este caso, por motivos estrictamente literarios: soy uno y no pretendo representar a nadie más) como forma de poner las cartas boca arriba y unir la propia personalidad con las opiniones que se emiten, sin subterfugios; en segundo lugar, transmitir la convicción de que el cine, como cualquier arte, no nace aislado ni se agota en sí mismo, sino que se crea dentro de un contexto, responde a unas necesidades y refleja unos síntomas, unas relaciones de clases, un panorama de época: en definitiva, el cine es política, es historia, es economía; en tercer lugar, intentar hacer lecturas complejas de imágenes aparentemente sencillas pero significantes, y sacar de ahí las conclusiones pertinentes, sin miedo al radicalismo o al exceso. 

Hay al menos dos ejemplos paradigmáticos en Le tombeau d'Alexandre que parecen ofrecer la réplica a nuestras dudas sobre qué escribir, cómo, por qué y de qué manera. En primer lugar, estas imágenes de 1913, sacadas de un desfile por el tricentenario de la dinastía Romanov: 

































Para añadir, con su siempre convincente voz narradora:
Y como el deporte de moda es mirar atrás para hallar a los culpables de los crímenes y las desgracias inferidos a Rusia en un siglo, querría que no olvidáramos, antes que Lenin y Stalin, a este gordo que mandaba a los pobres saludar a los ricos. 
Y, en segundo lugar, en la última carta póstuma que Marker dirige a Medvedkin, después de una implacable reconstrucción durante dos horas de la vida que el autor de La felicidad y su principal par cinematográfico, Dziga Vertov, tuvieron que sobrellevar en un entorno marcado por el terror, llega la constatación del fracaso final, no ya sólo políticamente (evidente con la Unión Soviética recién disuelta), sino también cinematográficamente: 

En este paralelismo entre la derrota del comunismo y la del cine podemos señalar el acierto final de Marker: conforme las imágenes se han ido banalizando a un ritmo mayor y su consumo, ya compulsivo, se ha trasladado a las pequeñas pantallas de los teléfonos, disponibles las 24 horas del día, el comunismo ha ido alejándose del horizonte y adentrándose en el desván del olvido de la misma forma, como aquellos militantes anónimos que murieron por la libertad a quienes dedicaba Gregorio Morán su libro sobre el PCE y que no tienen "tumba, familia, ni partido que los recuerde". 

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