Me resulta imposible sentir ni siquiera un lejano respeto por semejante concepción de los derechos de autor, y más teniendo en cuenta que la labor del Cineclube de Compostela, aún en activo, es una de las más incompatibles que yo haya conocido con el ánimo de lucro.
23 de febrero de 2016
Cine de tres peniques
31 de enero de 2016
Jacques Rivette y la identidad de un crítico
Uno de los pocos privilegios de que esta página web sea, por diseño, frecuencia de publicación y autores (uno solo, yo mismo) nada más que un blog, con todas las limitaciones que ello conlleva, es la posibilidad de escribir en primera persona, sin necesidad de "objetivizar", esa palabra que tantas veces se utiliza para no opinar sobre una película, para dedicarse a hacer diplomacia y relaciones públicas a través de la crítica de cine (a ser posible, utilizando las mismas palabras y términos del aparato publicitario de su productora) y desprender de significado lo que dicha tarea como crítico significa y que es, simplificando al máximo y desde mi no tan modesto punto de vista (la humildad no es la mejor acompañante para ejercer esta labor), diferenciar las películas buenas de las malas, las que merece la pena ver y las que desechar al cubo de basura, las que nos acercan al conocimiento que implica el descubrimiento y la comprensión -siempre parcial- de toda obra de arte (más allá de la emoción) y las que nos aportan intelectualmente lo mismo que un chiste de Lepe.
Viene esto a propósito del reciente fallecimiento de Jacques Rivette, un crítico y cineasta francés al que siempre profesé una intensa admiración, a pesar de que su cine está recorrido por dos características que me suelen repeler en otros autores: su querencia por la verbalización (que casi siempre desecho como "verborrea" o, dicho de otro modo, desaprovechamiento de las características del lenguaje cinematográfico en beneficio de la exhibición de las cualidades como dialoguista del autor del guión) y la presencia, tan evidente que satura sus argumentos, del mundo del teatro, lo que en otros directores de cine me suele parecer una colonización del cine por parte de la dramaturgia y que en Rivette me parece exactamente lo contrario.
17 de diciembre de 2015
Nagisa Oshima: la Revolución
Ahora que hace ya más de dos años que pudimos descubrir, con una admiración cercana al asombro, la obra de Nagisa Oshima, a la que el Festival de Donostia y la Filmoteca Española dedicaron su retrospectiva clásica de 2013, es bueno recordar algunas de las sensaciones que nos produjo, antes de que sus huellas terminen por borrarse o diluirse por el paso del tiempo (si tal cosa es posible).
Para este cineasta, próximo a la izquierda revolucionaria desde el principio hasta el final de su carrera, no hubo, como en tantos otros europeos con los compartió filiación durante un tiempo (Jean-Luc Godard es el caso más palmario) ningún tipo de arrepentimiento de sus tomas de posición políticas; tampoco detectamos en su filmografía acomodamiento alguno a los tiempos o a las modas estéticas, ni concesiones de cara a la galería, ni simplificaciones o moderación impostada para convertirse en un éxito de taquilla. De una rotundidad ideológica apabullante, cualquier espectador conservador o pusilánime que se acerque a sus películas tendrá que huir despavorido o levantar los brazos en señal de rendición.
Para este cineasta, próximo a la izquierda revolucionaria desde el principio hasta el final de su carrera, no hubo, como en tantos otros europeos con los compartió filiación durante un tiempo (Jean-Luc Godard es el caso más palmario) ningún tipo de arrepentimiento de sus tomas de posición políticas; tampoco detectamos en su filmografía acomodamiento alguno a los tiempos o a las modas estéticas, ni concesiones de cara a la galería, ni simplificaciones o moderación impostada para convertirse en un éxito de taquilla. De una rotundidad ideológica apabullante, cualquier espectador conservador o pusilánime que se acerque a sus películas tendrá que huir despavorido o levantar los brazos en señal de rendición.
7 de diciembre de 2015
De Setsuko Hara a Kinuyo Tanaka
Ahora que la muerte de Setsuko Hara ha puesto el foco
sobre cómo la presencia, y la posterior ausencia, de una sola actriz puede
marcar la filmografía de un director y hasta de un país, se nos
vienen al recuerdo los nombres de algunas otras intérpretes que han
marcado la carrera de realizadores a los que acompañaron, en el cine
japonés en mayor medida que en el resto de filmografías que conocemos.
Porque si el nombre de Setsuko quedará para siempre
unido al de Yasujiro Ozu, lo mismo sucede con, por un lado, Mikio Naruse y su
inseparable protagonista Hideko Takamine, y por el otro, Kaneto Shindo y su
pareja y actriz principal Nobuko Otowa: en los dos casos, ellas son una
presencia constante en la mayoría de los largometrajes que emprendieron juntos,
siempre adaptando y marcando la evolución de los personajes femeninos al compás
de la evolución de sus actrices.
30 de noviembre de 2015
La caída del cielo del cine y el espectro de James Bond
Si existe una conclusión, de las muchas a las que he creído
llegar durante años de dedicación absorbente como espectador, sobre la que
apenas me caben ya dudas es la de que en el cine no hay que tener prejuicios.
Hay cineastas que en los primeros acercamientos parecen infernales y sádicos y
luego se revelan cálidos y humanos; otros que en un principio parecen dedicados
a rodar el vacío, enfocar los dientes y contar la nada y al cabo de unos años,
sabemos que ruedan el mundo, enfocan la vida y nos cuentan lo que ningún
familiar, profesor o amigo nos habían sabido enseñar. No citaré los nombres de
los dos cineastas a los que me refiero, para que no queden demasiado en
evidencia mis pobres comienzos como cinéfilo: pero sí citaré otro nombre, el de
Takeshi Kitano, cuya pésima carta de presentación (Takeshi’s Castle, un paupérrimo programa de televisión que formó parte de los inenarrables comienzos de la
Telecinco de Berlusconi en España bajo la xenófoba traducción de Humor
Amarillo) auguraba cualquier cosa menos la maravillosamente lírica Dolls que fue capaz de pergeñar quince
años más tarde, o el melvilliano díptico yakuza Outrage, monumento a la sobriedad, que rodó a comienzos de la
presente década entre una incomprensible indiferencia.
12 de noviembre de 2015
Buñuel, Stalin y los manifiestos dadá
Hace no demasiado tiempo, sostuve una breve discusión por
Twitter acerca del stalinismo: de quiénes, cuándo y por qué habían defendido la
derivación más déspota del comunismo, y de qué forma se los podría juzgar en la
actualidad. La conclusión que saqué del breve intercambio es que el stalinismo,
con más intensidad que el comunismo en general, es considerado hoy una especie
de alucinación demoníaca, y sus seguidores, personas de mentalidad totalitaria
que merecen una rotunda condena política, en el caso de que nos tomemos en
serio sus posiciones al respecto; en el que no, una especie de infantiles y
despistados personajes, totalmente iletrados en lo que respecta a las materias
de la ciencia política.
Hay razones para pensar así, pero el problema es cuando
descendemos a los nombres concretos a los que podemos imputar esta acusación:
no fueron tan pocos, ni tan irrelevantes, ni los motivos por los que se
adhirieron, en algunos casos de forma acrítica, a la causa stalinista hasta en sus aspectos más sombríos (incluyendo los procesos de Moscú de 1936 y 1938, el pacto
nazi-soviético, las purgas posteriores a la II Guerra Mundial en los países
sovietizados de Europa del Este) pueden reducirse a una misteriosa alucinación,
o a alguna incomprensible inclinación a la maldad. Pensemos en Bertolt
Brecht y en Dashiell Hammett: sobre el primero, se han vertido ríos de tinta y hay
quienes le reprochan, en sus últimos años, su carácter de “autor oficial” en la
República Democrática Alemana. Lo que, en otras palabras, vendría a significar:
su stalinismo le produjo beneficiosos réditos. Pero no fue así cuando se exilió
en Hollywood: su militancia le ocasionó la expulsión de la industria del cine y
de Estados Unidos, cuando su situación vital no era exactamente privilegiada,
como la de casi ningún comunista alemán de la época. Y sobre Dashiell Hammett
se podrán decir muchas cosas, pero desde luego no que se adhiriese al
stalinismo por beneficio personal: su militancia lo condujo a la cárcel y
arruinó su carrera.
9 de octubre de 2015
Zinemaldia 2015 (8): Los ecos de la masacre
Existe un género cinematográfico cuya principal razón de ser -dejando a un lado matices y con todos los peros que se le quieran poner- es la sublimación de un genocidio. Si bien han existido intentos de ajustar cuentas con este hecho (el último y más conocido, el de Quentin Tarantino y su Django desencadenado), la ideología subyacente a la mayoría del western americano es uno de los agujeros negros en la conciencia de la historia del cine, y uno de los efectos más indeseados de la hegemonía de los Estados Unidos en la conformación del imaginario derivado de la existencia de este arte fundado en 1895.
Por ello, toda película que intente acercarse, con seriedad, al punto de vista de los grandes perdedores en la cosmovisión derivada de una asunción acrítica de los postulados del western supone, en sí misma, un acontecimiento, por mucho que en la representación de los pueblos indígenas por cineastas no indígenas haya muchas cuestiones en juego y las inevitables críticas por el lado del rigor antropológico puedan hacer demasiado visibles tópicos adquiridos y costuras evidentes.
7 de octubre de 2015
Zinemaldia 2015 (7): Las incoherencias de Saúl
Hace unos días, una amiga me comentaba indignada que había visto en las ruinas del campo de exterminio de Auschwitz una pintada que rezaba: "Pepe, 2012". La seriedad y el sobrecogimiento que la memoria de dicho lugar provocaba no había sido suficiente, al parecer, para que un viajero con dudoso sentido del ridículo dejara su huella, como si hubiese estado visitando un lugar más de turismo y el Holocausto fuese un asunto al que dedicar frívolos ratos de ocio.
5 de octubre de 2015
Zinemaldia 2015 (6): La oscura materia de que está conformado el mundo
Suele existir cierta desconfianza de partida cuando nos
encontramos con un remake: en muchas ocasiones, volver a rodar el mismo guión
no esconde más que falta de ideas o el intento de explotar el éxito de una
antigua película sin aportar nada nuevo o estropeando buena parte del material
original, sin estar a la altura de la
primera versión. En ciertas épocas, sin embargo, ha sido una costumbre más de
los estudios, antes de la existencia de vídeos y filmotecas, para rescatar
grandes obras y evitar que el gran público las echase demasiado pronto en el
olvido: así, en el Hollywood clásico casi se convirtió en una costumbre rodar
una versión muda, años después una sonora y pasado un tiempo la versión en
color. Y ha habido todo tipo de resultados como para evitar hacer una teoría
cerrada sobre la calidad de unas y otras: si sabemos que Imitación a la vida de Douglas Sirk es
un remake, tal vez nos sintamos obligados a despreciar el original en que se
basó, pero ello en modo alguno haría justicia a la más que notable película que
John M. Stahl realizó veinticinco años antes. Y lo mismo nos pasaría con el Ordet (1955) de Carl Theodor Dreyer, versión de la misma obra teatral que doce años antes había adaptado con notable acierto (y Victor Sjöström en el papel protagonista) Gustaf Molander, o con La chienne de Jean Renoir y su magnífica sucesora, Scarlet Street de Fritz Lang.
2 de octubre de 2015
Zinemaldia 2015 (5): La lógica de la autodestrucción
Es probable que el sintagma "extrema izquierda japonesa" suene hoy a chino, valga la vulgaridad de la expresión, a la mayoría de comunidad cinematográfica, y en mucha mayor medida a la sociedad en general. Japón es uno de los países más estables políticamente en su conservadurismo, gobernado casi sin interrupción por el derechista Partido Liberal Democrático desde el fin de la II Guerra Mundial y sin más opciones de alternancia que un partido casi gemelo y de nombre semejante (el Partido Democrático Japonés). Sin embargo, durante toda la década de 1960 y principios de los 70, a raíz de la firma del Tratado de Seguridad y Cooperación entre Japón y los Estados Unidos, la extrema izquierda, hegemonizada por el maoísmo, fue un contrapoder con presencia real en la sociedad y profunda influencia en la cinematografía nipona, siendo algunos de sus más importantes realizadores militantes a su vez en grupos revolucionarios (entre los que destacaba el Bund, la Liga Comunista de Japón). Los nombres de Shuji Terayama, Yasuzo Masumura, Masahiro Shinoda, Yoshishige Yoshida o Masao Adachi, además de dar lugar al movimiento conocido como la Nuveru Vagu, no abandonaron su militancia al convertirse en directores de prestigio y dieron lugar a filmografías de admirable coherencia, sobresaliendo entre ellos el nombre de Nagisa Oshima, dirigente estudiantil antes que cineasta y a quien Zinemaldia y la Filmoteca Española dedicaron una completa y admirable retrospectiva en 2013.
1 de octubre de 2015
Zinemaldia 2015 (4): Aunque los montes cambien de lugar
Haciendo balance del presente Festival de Donostia, dejamos claro que no habíamos encontrado obra maestra alguna entre el casi medio centenar de largometrajes vistos. Pero hay una película que se le acercó mucho, que nos produjo durante gran parte de su proyección las sensaciones que sólo las grandes obras consiguen abonar en la conciencia, y en la que creímos ver la manifestación más acabada del genio de Jia Zhang-ke, que tras casi dos décadas de notable carrera parecía por fin alcanzar la maestría que en algunas de sus propuestas anteriores merodeaba, siempre armado de un sólido discurso, entre melancólico y crítico, sobre la apoteosis del capitalismo en la República Popular China. Hablamos de Mountains May Depart, nuevo título del mencionado cineasta que procedente de Cannes (aunque sin mención alguna en su palmarés) se proyectó en la sección de Perlas. El hermoso título, en palabras de su director, alude al siguiente pasaje bíblico:
'Aunque los montes cambien de lugar y las colinas se desmoronen, mi amor por ti permanecerá inamovible'. Es la idea, lazos tan fuertes que no se romperán aunque quienes estén atados por ellos cambien de lugar, de vida o se alejen entre sí. Aunque el lugar de donde salieron parezca realmente perdido.
30 de septiembre de 2015
Zinemaldia 2015 (3): Un buen guión, unos buenos personajes
Si los premios principales del palmarés del reciente Festival de Donostia premiaron obras profundamente fallidas y difícilmente vendibles en una -solo en apariencia- arriesgada apuesta (tan aparente como el acierto de dichas películas), los premios secundarios fueron sobre seguro y se decidieron por propuestas más conservadoras, de mayor solidez pero poco novedosas y, de nuevo, discutible oportunidad para ser incluidas en una sección oficial.
29 de septiembre de 2015
Zinemaldia 2015 (2): La victoria del frío
La película galardonada con la Concha de Oro en la 63ª edición del Festival de Donostia venía precedida de cierta expectación: se trataba de la nueva obra de un cineasta islandés (Rúnar Rúnarsson), poco conocido, con un único y buen largometraje a sus espaldas (Volcán, de 2011, Cámara de Oro en Cannes y con un parecido más que sospechoso en ciertos aspectos con Amour, de Michael Haneke, un año posterior) y con una interesante carrera anterior como cortometrajista, lo que podría hacer pensar que su selección para la sección oficial era algo más que un accidente y que Sparrows podía ser una de esas obras que, por lo poca popularidad de la filmografía de que procede, justifican por sí mismas el criterio de un festival como Zinemaldia.
28 de septiembre de 2015
Zinemaldia 2015 (1): Sin relato
Acudimos por segundo año consecutivo al Festival de Donostia y regresamos después de 48 películas, con un panteón conformado por tres notables largometrajes con los cuales no había grandes expectivas a priori (United Red Army, de Koji Wakamatsu; Paulina, de Santiago Mitre y El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra), sin obra maestra alguna que mencionar (dos tercios de Mountains May Depart de Jia Zhang-ke lo son, pero sus últimos 40 minutos estropean por completo el resultado) y alguna decepción profunda, como El hijo de Saúl, que venía precedida de una entusiasta acogida en Cannes.
25 de agosto de 2015
Konchalovsky: hacia la noche
En la pasada edición del Festival de Venecia fue toda una sorpresa ver en el palmarés, con el León de Plata al Mejor Director, a Andrei Konchalovsky, un muy veterano cineasta (78 años) que, tras diversos bandazos marcados por los extremos cambios de rumbo que marcaron la historia de su país natal, la Unión Soviética, parecía definitivamente fuera de circulación. La película en cuestión, El cartero de las noches blancas, acaba de estrenarse en España y en ella creemos ver una recapitulación de su accidentada carrera, en especial en dos motivos muy concretos: su empleo de actores no profesionales para mostrar el modo de vida de una zona rural de la Rusia contemporánea (el lago Kenózero, ubicado en el Parque Nacional Kenozyorsky -extremo norte de Rusia, cerca de la República de Carelia-) y en la aguda melancolía que recorre la obra, marcada por la sensación de soledad y ausencia de futuro que recorre la poco estimulante peripecia vital del cartero protagonista.
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