28 de septiembre de 2016

Zinemaldia 2016 (3): Enemigos del Estado


Si por algo se había caracterizado hasta ahora la filmografía de Bertrand Bonello, era por su capacidad para la provocación, su querencia por las imágenes crudas e  incómodas y por caer, en demasiadas ocasiones (la mayoría de ellas presentes en la durísima, gratuita y más que subrayada Casa de tolerancia) en la esterilidad. Algo ha cambiado ahora con Nocturama: provocación hay, desde luego, pero modulada al servicio de un potente discurso cinematográfico bajo el cual tenemos que intuir el discurso político, difícil de desentrañar pero no por ello menos polémico y estimulante, en una obra que, como ya comentamos, fue villanamente ignorada por el jurado de la sección competitiva del Festival de Donostia. Y ello, a pesar (o precisamente por) ser la única obra que que interpelaba de forma radical uno de los elementos clave de nuestra época: el terrorismo, elemento en el que la mayoría de los Estados occidentales lleva al menos tres lustros apoyándose para limitar, sin prisa pero sin pausa, los derechos y libertades propios de una democracia, para centrar su creatividad en la invención de nuevas medidas represivas, para dar carta blanca al espionaje masivo de las comunicaciones y para, en definitiva, convertir a la ciudadanía en una masa amorfa de potenciales insurgentes de los que conviene sospechar de forma generalizada. 





Empieza el largometraje apostando por un cierto conductismo y largos travellings de seguimiento que la sitúan en la estela de las dos Elephant: la conocida obra de Gus van Sant, de 2003, pero también y en mayor medida, el ejemplar mediometraje de Alan Clarke, de 1989 y realizado para la BBC, aludido por Bonello en diversas entrevistas como una de sus más significativas influencias y cuya sola existencia desmiente, en sí mismo, el uso despectivo del término "telefilm". Estos movimientos de cámara que acompañan a los en principio desconocidos personajes nos sitúan en el territorio de lo verdadero ("se reconoce lo verdadero por su eficacia, por su potencia", escribía Robert Bresson en sus Notas para el cinematógrafo), en un discurrir hacia adelante tan pulcro como imparable; y si bien las imágenes en sí no "hablan" (ni los personajes verbalizan apenas nada), sí resulta pavorosamente elocuente su larga sucesión al ubicarse en un (éste sí) muy significante fluir con vivacidad hacia la ejecución del acto decisivo, al que llegamos sin efectismo alguno, tan solo acompañados por un objetivo que avanza tan decidido como los personajes hacia sus terribles y simultáneos actos y por una dinámica música electrónica, compuesta en su mayor parte por el propio realizador.  



El relato se fragmenta en diversos espacios temporales hasta que se concreta la realización del atentado y en el mosaico en el que nos vamos haciendo una confusa composición de lugar quedan intencionadamente omitidos los elementos explicativos por los que cualquier película convencional optaría: cómo se han conocido los protagonistas, cuándo han decidido cometer cuatro atentados, por qué y con qué objetivos. Entre los pocos islotes que Bonello nos permite contemplar, destacan la sala de espera para una entrevista para un empleo precario, en la que aparece un pequeño reflejo de la realidad laboral del momento; y, sobre todo, una breve conversación entre dos personajes sobre la realización de un trabajo académico, en el que aparece apuntada una idea (que su mismo formulador reconoce como "provocación" para obtener mayor atención y calificación en la materia): la civilización segrega su propia anticivilización como forma de definirse y justificar su existencia, sí, pero también para acabar con sí misma; el orden capitalista occidental busca a sus propios enemigos (y hasta los necesita) como parte esencial de su legitimidad, pero también para ponerse en peligro. 

De este modo, la forma de impugnar el sistema por parte de estos jóvenes viene a adecuarse con la lógica del mismo sistema, al igual que ha sucedido en décadas anteriores: si en los años 60 y 70, el discurso del poder se caracterizaba por su anticomunismo, surgían las guerrillas y los grupos armados de inspiración comunista (y de izquierda revolucionaria en un sentido más amplio); si los Estados iban difuminando (aparentemente) su retórica nacional y cediendo buena parte de sus competencias a instituciones supranacionales, se multiplicaban los movimientos terroristas que reivindicaban en nacionalismo y la liberación nacional. Finalmente, si el discurso del poder actual es tan inconsistente y débil que se centra en términos tales como "seguridad", "austeridad" y "estabilidad" (en una muestra clara de que en el sintagma "discurso del poder" el elemento más importante es el de "poder"), el de estos jóvenes que pretenden desestabilizarlo es digno de un ensayo de Jean Baudrillard; se trata de un acontecimiento en sí mismo, sin más justificación que "hacer lo que nadie ha hecho", un pistoletazo en medio de un concierto para el cual no hay reivindicación, ni más planes de futuro que esperar a que pase el chaparrón y volver a la vida anterior. Existe un total malestar, como verbaliza Adèle Haenel ("todos esperábamos que sucediera algo así") pero vacío y descabezado, imposible de sistematizar y de encauzar, y es susceptible de explotar en cualquier dirección.



Una vez concretadas las intenciones de los protagonistas, la película se parte en dos y se encierra en un centro comercial con ellos para, a ser posible, aislarse del ruido exterior y mantener los teléfonos apagados. Acaba por no ser posible: la hiperconectividad imposibilita el aislamiento, y por mucho que ese espacio autosuficiente pretenda estar sellado, sus meras características (inundado de marcas y productos de consumo masivo) desbordan el supuesto valor de refugio del edificio; las televisiones no tardan en ser encendidas y los atentados son finalmente vistos por sus autores, que no tardan en ser fagocitados por el entorno: la fría determinación anterior se ve sustituida por la frivolidad y la superficialidad; la cámara se ensimisma ahora en la banalidad ambiental. En cierto modo, nos acordamos de Tiro en la cabeza (Jaime Rosales, 2008): todo es trivial, excepto el atentado. 

La respuesta que en Nocturama el Gobierno francés de Manuel Valls da al atentado es la habitual en estos casos, retorcer el derecho e inventarse una nueva categoría, la de "enemigos del Estado", que va más allá de la de "terroristas" y explica el seco y brutal desenlace. Sorprende que, al igual que el hipotético gobierno, Bonello insistiera en la rueda de prensa posterior a la proyección su rechazo al término "terrorismo", prefiriendo el de "insurrección", cuando entendemos que el segundo estaría dirigido a la toma del poder y protagonizado por un grupo numeroso de personas; pero más allá de discusiones semánticas, está claro que el cineasta quiere también impugnar el lenguaje habitual del poder, en vez de intentar resignificar las palabras más usadas y desgastadas. En cualquier caso, su impugnación cinematográfica sí resulta convincente, y parafraseando al Jean-Luc Godard que en Weekend hacía decir a uno de sus personajes: 
Sólo se puede superar el horror de la burguesía con más horror
para los protagonistas de Nocturama sólo se puede superar el absurdo del poder con un absurdo semejante.

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