Hace once años, en la primera etapa de esta página, le dediqué un texto no muy extenso a la actriz estadounidense Gail Russell, cuya carrera se vio truncada por un alcoholismo que, finalmente, acabó con su vida tal día como hoy de 1961, a la edad de 36 años. Con esa misma edad y por los azares de la cinefilia, me he vuelto a encontrar con ella a través de un visionado reciente y casual de Los intrusos, de Lewis Allen (1944), y el sucesivo y ya intencionado de Calcuta (John Farrow, 1947), La venganza del bergantín (Edward Ludwig, 1948), Mil ojos tiene la noche (John Farrow, 1948), Noche sin luna (Frank Borzage, 1948), Tras la pista de los asesinos (Budd Boetticher, 1956) y El vestido roto (Jack Arnold, 1957).
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27 de agosto de 2018
26 de julio de 2007
Gail Russell
Veo un convencional western, El ángel y el pistolero (1947), una de las dos películas que dirigió el competente guionista James Edward Grant. El filme, como otros muchos, intenta aprovechar el tirón de John Wayne, que aquí ejerce también como productor, a raíz del incontestable éxito de La diligencia (1939).Tal vez no haya muchos motivos para recordar El ángel y el pistolero, ni siquiera para verlo más de una vez, salvo para cinéfilos empedernidos que disfruten con cualquier western en blanco y negro con buenos actores, aceptable guión y artesana dirección. En mi caso, además del citado, hay otro motivo para recordarlo: el descubrimiento de una actriz, hasta ahora invisible para mí, que posee unos ojos llenos de bondad y una cara rebosante de belleza inocente. Su papel también ayuda a acentuar estos rasgos: es la hija única de una familia de cuáqueros, ascetas pacifistas con un único principio: la bondad por encima de todo.
Busco su nombre: Gail Russell. Me pregunto cómo es posible no haber reparado nunca en semejante joya y busco más películas suyas. En vano: su carrera es escasa. ¿Por qué?
Finalmente encuentro la respuesta: Gail Russell, tal y como su aspecto indica, era una mujer extraordinariamente inocente, dulce y tímida. Para superarlo e intentar triunfar como actriz, recurrió abundamente al alcohol, que le hacía superar sus nervios ante las cámaras. La dependencia de alcohol fue la principal causa de que la Paramount decidiese no contar más con ella a partir de 1951, cuando sólo tenía 26 años. Diez años después, el mismo alcoholismo le causaba un mortal ataque al corazón.
Como decía un personaje de Aki Kaurismäki, la vida es desilusión.
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