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31 de julio de 2019

Filmadrid 2019: El Plan Quinquenal



En la edición de 2016 del Festival de Cine de Ourense, la primera de las dos que pudo dirigir Fran Gayo, se proyectó, como parte de su competición iberoamericana, Hermia & Helena de Matías Piñeiro. En el coloquio posterior, una pregunta (mía) sobre el alcance de la dedicatoria de la película (a Setsuko Hara) fue respondida por el cineasta argentino con una inteligencia acorde a la sensibilidad y belleza de su obra: según sus palabras, si bien en un principio fue concebida como un homenaje puntual por el fallecimiento de la actriz japonesa, conforme avanzaba el rodaje le pareció que la influencia de su espíritu, sus personajes y su manera de actuar iba cobrando más relevancia y se iba adueñando de aspectos de la trama y de la actitud de sus protagonistas. 

Medio año más tarde, Hermia & Helena formó parte de la sección oficial de la tercera edición de Filmadrid y, solo un mes después, volvió a ser proyectada en la Filmoteca Española como parte de un ciclo de Matías Piñeiro, que incluyó una interesante carta blanca suya, caracterizada por acoger películas nada obvias. Una de ellas, The Unspeakable Act, dirigida por Dan Sallitt, al que hasta entonces solo conocía por haber protagonizado una memorable secuencia en Hermia & Helena en compañía de Agustina Muñoz: su hija en la película, fruto de una relación fugaz, con la que se encuentra por primera vez. Después de los tres visionados mencionados, creo que éste es el momento en el que se centra la densidad emotiva de la película:

3 de octubre de 2018

Zinemaldia 2018 (3): El fondo del aire



Al finalizar el pase de prensa y público de Rojo, de Benjamín Naishtat, seis días antes de que la película recibiese los premios a la mejor dirección, actuación masculina y fotografía del Festival de San Sebastián, una señora de aproximadamente unos 70 años se dirigió a mi ilustre compañero de butaca y, con cara de desconcierto, le preguntó por el significado de lo que acabábamos de ver: no lo había entendido. Había varios elementos a tener en cuenta para contextualizar su pregunta: se había pasado buena parte del metraje mirando su teléfono móvil, rasgo inequívoco de la espectadora casual, y por su vestimenta, porte y compañía (otras dos mujeres de parecidas características), podemos colegir que se trataba de una señora de clase alta, tal vez jugadora ocasional de bridge, quizá madre de unos hijos licenciados en universidades privadas, acaso dueña de varios pisos señoriales con elegantes fachadas que dan lustre a la ciudad: en cualquier caso, alguien para quien la visita al Kursaal era un acto social, y la película en cuestión era lo de menos: un espectáculo de ballet o un monólogo humorístico habrían servido también. El problema, deduciremos entonces, no es que no hubiese entendido la película: es que la había entendido demasiado bien, porque estaba hablando de ella misma; todo lo que sucedía en Rojo era lógico e inapelable, todo normal. ¿Dónde estaba el conflicto, dónde estaba la película?

1 de octubre de 2018

Zinemaldia 2018 (1): El canto del cisne

El poeta ourensano José Ángel Valente empezaba su poema Melancolía del destierro de esta manera
Lo peor es creer 
que se tiene razón por haberla tenido
El sentido de estos versos es igualmente válido a la inversa, sobre todo si nos adentramos en un terreno sobre el que existen casi tantas ideas como personas que los formulan, casi tantas teorías como teóricos. Por ejemplo, los festivales de cine. ¿Qué debe ser un festival de cine? En palabras de uno de los miembros del comité de selección del Festival de San Sebastián, Quim Casas, 
El equilibrio entre las películas esperadas, la presencia de sus autores para defenderlas y el sentido de las actrices y actores que dan sentido al concepto de alfombra roja. 

3 de octubre de 2017

Zinemaldia 2017 (2): Señales equívocas



La concesión de la Concha de Oro a The Disaster Artist, de James Franco, vino a empañar las buenas sensaciones que nos había transmitido la sección oficial a competición, cuyos retazos de coherencia y la sutil voluntad de corregir los desafueros de la pasada edición hacían pensar que el festival de Donostia quería transmitir algo semejante a una identidad propia. Podemos considerar que el jurado que presidía John Malkovich (que se autodefinió durante el certamen como "una persona muy justa con un amplio abanico de intereses y un vasto espectro de experiencias") obró por su voluntad y se guió por su subjetivo criterio sobre la calidad, significación, oportunidad y valores cinematográficos de la obra premiada, o podemos, al contrario, especular con que el propio festival tenía interés en que el máximo galardón del palmarés fuese a recaer en esta cinta, por razones tales como el acercamiento a un público juvenil adicto al fenómeno fan, por la popularidad en internet de fenómenos trash como el que encarna el Tommy Wiseau al que alude el título o por causar un mayor impacto, en términos de imagen, en el mercado estadounidense. Sea como fuere, debemos dejar constancia de nuestra disconformidad con el hecho de haber galardonado a una película tan amable, convencional y apegada a los intereses de su biografiado que hasta renuncia a dejar constancia de los datos más básicos que se conocen sobre él (y que aquí prefiere dejar en un servil "no se sabe") y que, más allá de una cierta corrección formal, podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que no abrirá nuevos caminos de ningún tipo, ni al cine ni al festival, y poca huella dejará una vez transcurra el preceptivo tiempo en salas comerciales.

27 de junio de 2017

Filmadrid 2017 (1): El mal es el cansancio



Llegamos a la tercera edición de Filmadrid, después de apenas haber rozado la primera y de habernos sumergido intensamente en la segunda con impresiones diversas (favorables en el aspecto cinematográfico, reseñado en Esencia Cine y Revista Magnolia, menos entusiastas en su actividad formativa, sobre la que escribimos aquí mismo). El festival fue transmitiendo durante los meses previos a su celebración dos señales que dejaban claro el núcleo y los límites de su apuesta: por un lado, la intención de mantener viva su presencia en la ciudad de Madrid que lo acoge y le da sentido a lo largo de todo el año con una serie de proyecciones mensuales en el Cine Estudio del Círculo de Bellas Artes, acompañadas de un cuadernillo de un cuidado diseño y la presencia del cineasta en la sala, y por otro lado los problemas financieros que marcaban los límites de su ambición, indisimulables desde el momento en el que se hizo pública una campaña de micromecenazgo a través de la plataforma Verkami para recaudar 10.000 euros necesarios para su celebración. 

26 de noviembre de 2016

OUFF 2016 (2): Poliédrica invasión

Para comentar las obras más destacadas que pudimos ver en el Festival de Cine de Ourense debemos centrarnos en un foco que fue la imagen de esta 21ª edición del certamen: el de Hugo Santiago y, en concreto, en su obra más legendaria, Invasión, largometraje realizado en 1969 y sobre cuya fuerte carga histórica es difícil exagerar: en sus imágenes creemos estar viendo una prefiguración de lo que posteriormente fue denominado (a propósito de una de las novelas cumbre que intentaron representar esta ominosa época: Respiración artificial, de Ricardo Piglia) "el Auschwitz argentino". Aunque rodada durante la dictadura previa de Juan Carlos Onganía -y su cronología la trasladaría a la del general Pedro Eugenio Aramburu- la dramática realidad que se concretó en la matanza que tuvo lugar en suelo argentino bajo la prosaica denominación de Proceso de Reorganización Nacional ofrece aquí buena parte de sus síntomas, que cinematográficamente se ven representados mediante la construcción, en la sitiada ciudad de Aquilea (trasunto de Buenos Aires) de un ambiente enrarecido y conspirativo (que nos recuerda a la atmósfera característica del cine de Jacques Rivette), en unos encuadres heterodoxos, planos fugaces, ruidos estridentes y desfasados y una iluminación tan deudora del neorrealismo como de la nouvelle vague. 


10 de noviembre de 2016

OUFF 2016 (1): En busca de una identidad


Volvemos al Festival de Cine de Ourense (OUFF) nueve años después, tras un levísimo contacto anterior derivado de haber nacido y vivido en la misma provincia en que se celebra. A pesar de esta circunstancia biográfica, debemos aclarar -no en menoscabo de la existencia del festival, pero sí de su repercusión durante la mayor parte de su historia- que el certamen no ha tenido ningún papel en nuestra educación cinematográfica, en la que el protagonismo principal corresponde, al menos en las etapas iniciales, al Cineclube de Compostela -algunos de cuyos fundadores forman hoy parte del sobresaliente proyecto cooperativo de Numax-. 

4 de octubre de 2016

Zinemaldia 2016 (7): Recuerdo de una idea

El mismo párrafo introductorio que empleamos para escribir sobre La larga noche de Francisco Sanctis y el contexto que le da sentido, sería pertinente también para La idea de un lago, segundo largometraje de la argentina Milagros Mumenthaler que, procedente del Festival de Locarno, estuvo presente en la sección Horizontes Latinos de Zinemaldia. Porque este melancólico y profundamente evocador largometraje está atravesado, al igual que la ópera prima conjunta de Andrea Tesla y Francisco Márquez, por los efectos del Proceso de Reorganización Nacional (inquietante nombre técnico que se dieron a sí mismos los gobiernos comandados por las Juntas Militares argentinas entre 1976 y 1983) aunque, en lugar de mostrarnos su plasmación en una peripecia cotidiana y en un cuadro de pánico generalizado, nos enseña sus consecuencias en el presente, cuatro décadas después, en lo que podría ser la continuación en la vida de los descendientes de alguno de los atemorizados protagonistas que allí luchaban de forma imposible para no ser tragados en el océano de represión. Esta obra también puede ser leída como una metáfora del traumático paso de la infancia a la adolescencia y de ahí a la edad adulta, aunque resulta imposible obviar la atroz fisura histórica que la atraviesa, situada en marzo de 1977, que se manifiesta como una herida de imposible curación que parte en dos la conciencia y la concepción del mundo de los protagonistas de la historia, por jóvenes que fuesen entonces y quitando la razón al superficial dicho de que el tiempo todo lo arregla.



30 de septiembre de 2016

Zinemaldia 2016 (5): El terror dentro del cuerpo

Existe una imagen muy gráfica, relatada en las memorias de Jorge Masetti (hijo del periodista y revolucionario del mismo nombre) El fulgor y el delirio, sobre lo que sucedió en Argentina entre 1973 y 1983: en el primer año, las elecciones presidenciales estuvieron marcadas por la efervescencia revolucionaria; el triunfo de los ideales socialistas parecía estar a la vuelta de la esquina, los carteles del Che Guevara se multiplicaban por doquier y el entusiasmo y la alegría desbordaban las calles. Diez años después, otras elecciones, justo después de que la Junta Militar que había gobernado desde 1976 se viese obligada a entregar el poder, transcurrían bajo el muy opuesto signo del silencio, el miedo y el dolor. No parece muy descabellado entender que la muy represiva dictadura que determinó el salto de un estado de ánimo a otro tan opuesto se constituyó, junto a su análogo y vecino gobierno militar chileno, en uno de los acontecimientos históricamente decisivos para llegar al estado de cosas en el que hoy vivimos, marcados por la constante pérdida de derechos laborales y sociales, el imparable vaciamiento de contenido de las democracias y su sustitución por sistemas tecnocráticos, la deslegitimación de cualquier tipo de ideología transformadora como elemento trasnochado y de imposible realización. 


Siendo su huella tan palpable en el contexto general del mundo, podemos intuir que en sus países de origen es una herida que sangra sin remedio. En el reciente Zinemaldia tuvimos  algunas muestras de ello; nos adentramos ahora en la más depurada, la más concisa y la más perfecta de todas ellas, y, seguramente y en dura competencia el último trabajo de Cristi Puiu, una de las películas más destacadas de cualquier sección del festival: La larga noche de Francisco Sanctis, ópera prima conjunta de la pareja de realizadores formada por Andrea Testa y Francisco Márquez (cada uno de ellos tiene un documental anterior en solitario). 

27 de septiembre de 2016

Zinemaldia 2016 (2): Las reglas del consenso

Durante gran parte de la reciente edición del Festival de Donostia, y conforme iban avanzando las proyecciones de la sección oficial, surgía entre los comentarios previos y posteriores a las películas una expresión recurrente: "ésta puede ser la película de consenso". Dichas palabras conllevaban la carga implícita de asumir que el jurado premiaría una obra que no molestase, ni manchase ni limpiase, que no resultase especialmente innovadora, ni especialmente polémica, ni especialmente nada. A ser posible, un folio en blanco. Lo importante, aunque no verbalizado, en este panorama es la importancia dada a las reglas del juego no escritas (y en la expresión "reglas del juego", la palabra más importante es "juego"): no existe pretensión de llegar a verdad alguna, lo importante es respetar los estrechos márgenes de lo establecido, que el cine siga los cauces habituales y cualquier puñetazo en la mesa que interactúe dialécticamente con el estado de causas sea invitado a la marginalidad.  




26 de septiembre de 2016

Zinemaldia 2016 (1): Lo reformable y lo estéril


Antes de empezar a tener uso de razón cinematográfica, uno de los primeros y más nítidos recuerdos que conservo del Festival de Cine de Donostia es la noticia, en un boletín horario radiofónico, del escándalo y los abucheos por la Concha de Oro de la edición de 1998, concedido a la película argentina El viento se llevó lo que, de Alejandro Agresti. El entonces crítico cinematográfico de referencia, Ángel Fernández-Santos, escribió en las páginas de El País lo siguiente
El fallo fue recibido por los centenares de informadores con todas las gamas imaginables de la burla y la rechifla, de forma que la incredulidad y la indignación dejaron pronto paso a la expansiva emoción de los asistentes de sentirse testigos presenciales de un divertido, por enorme, disparate. Los jurados, cuya función arbitral les pide ser todo lo contrario, se convirtieron en protagonistas, desplazando a los cineastas y sus películas. Nadie hablaba aquí ayer, tras el acto, de la película ganadora, que es agradable pero de corto alcance, sino de qué alambiques mentales han permitido a profesionales del cine de tanta experiencia como el director polaco Jerzy Skolimovski, la actriz italiana Valeria Golino y su colega mexicana Patricia Reyes, firmar un acta que sanciona a una trivial película hinchada, resultona e insignificante, prototipo de las que engañan a los cinéfilos poco expertos o incautos.

5 de octubre de 2015

Zinemaldia 2015 (6): La oscura materia de que está conformado el mundo


Suele existir cierta desconfianza de partida cuando nos encontramos con un remake: en muchas ocasiones, volver a rodar el mismo guión no esconde más que falta de ideas o el intento de explotar el éxito de una antigua película sin aportar nada nuevo o estropeando buena parte del material original, sin estar a la altura de  la primera versión. En ciertas épocas, sin embargo, ha sido una costumbre más de los estudios, antes de la existencia de vídeos y filmotecas, para rescatar grandes obras y evitar que el gran público las echase demasiado pronto en el olvido: así, en el Hollywood clásico casi se convirtió en una costumbre rodar una versión muda, años después una sonora y pasado un tiempo la versión en color. Y ha habido todo tipo de resultados como para evitar hacer una teoría cerrada sobre la calidad de unas y otras: si sabemos que Imitación a la vida de Douglas Sirk es un remake, tal vez nos sintamos obligados a despreciar el original en que se basó, pero ello en modo alguno haría justicia a la más que notable película que John M. Stahl realizó veinticinco años antes. Y lo mismo nos pasaría con el Ordet (1955) de Carl Theodor Dreyer, versión de  la misma obra teatral que doce años antes había adaptado con notable acierto (y Victor Sjöström en el papel protagonista) Gustaf Molander, o con La chienne  de Jean Renoir y su magnífica sucesora, Scarlet Street de Fritz Lang.


2 de octubre de 2014

Zinemaldia 2014 (5): Las fronteras de la razón


Poliédrica, poderosamente evocadora, por momentos mitológica, Jauja es una propuesta de primerísimo nivel y con ella Lisandro Alonso, después de varios años de sequía y de ofrecernos varias propuestas de desigual valía, es capaz de situarse como un cineasta de culto en el mejor sentido de la expresión (algo discutible tras el mal sabor de boca dejado con su vacía y muy fallida obra anterior, Liverpool). La cantidad de matices y lecturas que podemos encontrar en Jauja, presente en la sección de Horizontes Latinos del Festival de Donostia (y antes ganador del Premio FIPRESCI de la categoría Un Certain Regard de Cannes), exigen que para intentar desentrañar parte del universo que parece encerrar hablemos con la máxima prudencia, y a ser posible con una interrogación de fondo; aunque no que nos inhibamos ni que nos acerquemos con miedo, porque eso sí sería no hacerle justicia a una obra que nos dice tanto y de forma tan compleja.

La película, para hacer honor a la aparente quietud que refleja, parece que va a transcurrir por los tranquilos senderos estéticos de los planos fijos; y sin embargo, no es así. Además de estar filmada en 1.33:1, los bordes del cuadro son redondeados, como si estuviéramos ante una colección de fotos muy antiguas. Pero la muy llamativa y magistral paleta cromática, obra del director de fotografía finlandés Timo Salminen (el habitual de Aki Kaurismäki) y la gran profundidad de campo, hacen que la mera contemplación de las escenas, por tranquilas y vacías que parezcan, desprenda un halo de fascinación tan significativo como inquietante.



Observando de forma literal a los personajes, sus ambientes y su atmósfera, resulta inevitable pensar en el western: estamos en el siglo XIX, en Argentina, en unas llanuras inmensas y con un pequeño núcleo de militares que luchan contra un enemigo invisible, escurridizo. Es decir: contra un indígena. Esto es: contra todos los indígenas. Hablando claro: están consumando un genocidio, aunque aquí, como en el western tradicional estadounidense, todo quede lo suficientemente sublimado como para no dejar oír más que un eco muy lejano de la disgregación y extinción de comunidades enteras. Pero en Jauja, como en las películas de Albert Serra, no tenemos acción: tenemos tiempos muertos, minutos que pasan lentos bajo la inmensidad del cielo.  Aquí el indígena, el enemigo irreductible y feroz que construyen en su imaginario los protagonistas, toma el nombre de Zuloaga y es el hombre sobre el que todos cuchichean, en voz baja, como si diera mala suerte su mera mención y la de sus supuestas atrocidades.



Otro elemento de interés añadido es la presencia del personaje de Gunnar (Viggo Mortensen) y su hija Ingeborg: dos daneses desubicados, que hablan entre sí en su idioma y apenas él puede comunicarse con el resto de militares en un endeble español. Las expectativas sentimentales de varios personajes en torno a la hija y la posterior fuga de ésta con un oficial joven hacen que el western se vaya diluyendo e intuyamos que nos vamos a sumergir en el drama romántico, en el amor prohibido entre militar y joven de buena familia, en Elvira Madigan o en Diario íntimo de Adela H., pero es una intuición fallida: ella no habla una palabra de español con su amante, Gunnar está perdido y camina sin rumbo y el paisaje se vuelve progresivamente más inhóspito: nos dirigimos directamente al extrañamiento. Y cuando los ecos de la trama parecen apuntar hacia Centauros del desierto, llegamos a las estocadas finales, que nos trasladan, sin brusquedad y en una tranquilidad casi flotante, a los límites del conocimiento, a las fronteras de lo universal, a unos márgenes nebulosos en los que el tiempo transcurre siguiendo unas leyes muy distintas a las de la razón cartesiana y occidental y en donde parecen haber pasado siglos desde el comienzo de la trama. Es entonces cuando la palabra "razón" se ve señalada y son sus excluidos los que se encargan de impugnarla, y el propio Gunnar, en la oscuridad de una cueva, el que asume que ha perdido la batalla y que en el mundo fronterizo su lógica se ha acabado.

Si concluimos que tal vez a esta película le sobre algo, quizás el ambiguo toque onírico final, deberíamos dirigirnos al Samuel Taylor Coleridge que citaran Borges y Godard como posible indicio de que nos equivocamos:
Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y recibiera una flor como prueba de su paso, y encontrara al despertar esa flor en su mano... entonces, ¿qué? 
Entonces, Jauja será la respuesta.