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8 de enero de 2020

Los años 10: Aire para respirar

Si hay una percepción (subjetiva, como todas las que destilo aquí) con respecto a la década que va de 2010 a 2019 en lo que al cine se refiere es que todas las épocas, todos los formatos, todas las duraciones y todos los géneros de la historia del cine han sido convocados de nuevo en los diez últimos años. ¿Significaría que ello que nos ha inundado un cine sin conciencia histórica del tiempo actual? No: significa que en esta época, no solo en el cine, están presentes todas las épocas pasadas y, a su vez, también merodean todas las ideologías y filosofías pretéritas, por remotas que parezcan. Obviamente, no todas en la misma medida, ni con la misma capacidad de influencia: pero la facilidad para acceder a ellas es mayor que nunca y, por ello mismo, la capacidad para asimilarlas se ha hecho más difícil. En paralelo, la historia del cine, desde 1895 hasta 2019, se ha hecho más accesible que nunca y ha influido más en el cine del presente que en cualquier época anterior; aunque la visibilidad de esa influencia y la de buena parte del cine influido, por esa mezcla de accesibilidad y superabundancia, se haya resentido. 

Por supuesto, ha sido una década en la que el cine ha estado en trance de transformación, al igual que la forma de verlo y de interpretarlo (¿cuándo no ha sido así?), pero, me atrevo a prever, no hacia su desaparición, ni tampoco hacia su reducción a ocio casero: el componente social del cine nació con él y morirá con él. 

20 de diciembre de 2019

2019: La conciencia de fragilidad



Analizar por escrito el tiempo presente con unas herramientas teóricas insuficientes y sin tener una dedicación profesional relacionada con la sociología o con el trato directo y diario de personas de toda clase y condición es una tarea que colinda entre la inutilidad y el vacío. Parecería, pues, que intentar hacer algo semejante a través de una lista de películas favoritas del año es una tarea cuya valoración no puede estar muy alejada de tan desalentadora descripción; el problema para llevar esa conclusión hasta las últimas consecuencias es la poderosa fuerza de la inercia (si la hicimos el año pasado, y el anterior, y el anterior, ¿por qué este no?) y la escasa seducción de la alternativa: sin texto de balance cinematográfico del año, salpimentado de la consabida lista, ¿qué quedaría? Ningún análisis sobre el momento cinematográfico actual o ningún texto en absoluto, ¿son mejores que un texto insuficiente y ateórico, fundamentado en intuiciones y sensaciones? Desde la inquietud y la angustia que provoca el temor a sentir el paso del tiempo sin hacer nada en absoluto valioso, el silencio pierde frente al mediocre texto realmente existente: el hacer algo, en este caso y desde mi actual punto de vista, gana frente al no hacer nada. 

20 de diciembre de 2018

2018: Un aroma a pesadumbre



Antes de iniciar el balance cinematográfico en forma de lista de "lo mejor de 2018", conviene dejar claros los límites de la propuesta: no existe la perspectiva suficiente, faltan muchas películas por ver y siempre es un tanto atrevido hablar del cine más significativo de un año cuando éste ni siquiera ha llegado, del todo, a su término. Pero añado un motivo para hacerlo: las listas siempre resultan útiles, no solo para quien las hace (discriminar y ordenar películas, y discernir los motivos, es, sin duda, intelectualmente interesante), sino para los pocos que las buscan y las leen, en busca de alguna recomendación o de la racionalización que ayude a revalorizar algún visionado aislado y semiolvidado. 

22 de diciembre de 2016

El mejor cine de 2016. Razones para una lista


La forma más sencilla de actualizar un blog de cine es a través de una lista: escogemos bien la excusa, pergeñamos un pequeño párrafo introductorio que justifique el limitarnos a enumerar diez o más películas, añadimos una fotografía vistosa para cada film y ya tenemos una forma fácil y popular de, en lenguaje posmoderno y neoliberal, "generar contenidos". 

15 de septiembre de 2008

Los años 40

Me piden en Miradas de Cine una lista de las 15 mejores películas de la década de los 40. Este blog estaba en hibernación y con esta petición aparece un inmejorable motivo para volver.
No es la primera lista ni la mejor, sólo es la mía. Cada película merece un comentario aparte y una entrada propia, así que sólo esbozo los títulos:

-Los niños del paraíso, de Marcel Carné.


-Roma, cittá aperta, de Roberto Rossellini.



-Encadenados, de Alfred Hitchcock.



-Los verdugos también mueren, de Fritz Lang.



-Primavera tardía, de Yasujiro Ozu.

-Ordet, de Gustav Molander.


-Encrucijada de odios, de Edward Dmytryk.


-El tercer hombre, de Carol Reed.



-Los mejores años de nuestra vida, de William Wyler.



-Ciudadano Kane, de Orson Welles.


-Ladrón de bicicletas, de Vittorio de Sica.


-Las uvas de la ira, de John Ford.



-El político, de Robert Rossen.


-Native land, de Paul Strand.


-Los viajes de Sullivan, de Preston Sturges.

31 de diciembre de 2007

El mejor cine de 2007. Una lista subjetiva

Esta entrada tiene como objetivo mostrar una lista de las 10 mejores películas de este año, entendiendo como tales no las que hayan sido rodadas o estrenadas en 2007, sino las que yo he descubierto este año al verlas por primera vez (no se incluyen las que ya han sido reseñadas en este blog). Se trata, por lo tanto, de una lista completamente subjetiva.
Espero que la lista tenga interés para alguien; en caso contrario, tampoco tiene
importancia: otro año lleno de películas nos espera, y si este blog sobrevive para finales de 2008, la experiencia de este año dirá si son necesarias más listas o no.

1- Primavera tardía, de Yasujiro Ozu: otra vez Ozu ofrece un argumento tan trivial como trillado en su filmografía: la chica joven a la que buscan marido y no se quiere casar. Planos fijos, cámara aferrada al suelo, banalidad a raudales: y, una vez finalizada la película, la sensación de haber asistido a una rotunda obra maestra, a una contundente lección de cine y de vida que va dejando un sedimento tan potente que al cabo de dos horas la conclusión es que después de ver a Ozu nadie es la misma persona.


2- Nuestra música, de Jean-Luc Godard: a pesar de que Godard lleva más de dos décadas convertido en un cineasta invisibilizado y hermético, sus últimos filmes se cuentan por obras maestras. En esta ocasión, ofrece un lucidísimo ensayo político y literario en forma de película y demuestra que no hay ningún cineasta vivo que pueda comparársele. Godard hace años que juega en una categoría distinta a la del resto de los mortales.


3- Sin novedad en el frente, de Lewis Milestone: la carnicería sin sentido de la Primera Guerra Mundial, vista desde la perspectiva de una juventud alemana llevada al matadero por una intelectualidad degenerada y fúnebre. Milestone, con una estética de cine mudo (la película es de 1930), compone un terrible cuadro del triste camino desde el pupitre hasta la muerte en una batalla absurda.

4- La vida y nada más, de Bertrand Tavernier: otra vez la Gran Guerra, ahora en Francia y de mano de un Tavernier, en su –de largo- mejor película. Tres años después del armisticio, dos protagonistas moralmente destrozados por las consecuencias de la guerra son incapaces de amarse sobre un fondo de muertos y desaparecidos. Philippe Noiret, muy lejos de sus papeles habituales, borda una interpretación de militar desengañado.

5- Vete a saber, de Jacques Rivette: es casi un anciano –como Godard-, pero en 2001 Rivette rodó una sencilla y sorprendente obra maestra sobre el mundo del teatro con el bufón Sergio Castellito convertido en buscador de perdidas joyas literarias. Estupendos personajes, diálogos acertadísimos y música en su tono justo.



6- Harakiri, de Masaki Kobayashi: esta película es al cine de samurais lo que Fort Apache y Sin perdón son al western: una valiente y poderosa desmitificación, con el añadido de que Kobayashi va mucho más allá al mostrar una cruda realidad de clases sociales en el Japón del siglo XVII con la tensión narrativa digna de un maestro.


7- El puente de Waterloo, de Mervyn LeRoy: tristísima historia de amor entre militar y balarina, con una extraordinaria Vivien Leigh y la prostitución como mar de fondo, uno de los más creíbles y logrados melodramas románticos de todos los tiempos.


8- Pelle el conquistador, de Bille August: historia de un anciano analfabeto, viudo y desengañado con un trabajo esclavizante y su pequeño hijo Pelle como única esperanza. Una obra, temática y estéticamente, semejante a El árbol de los zuecos de Ermanno Olmi con el añadido de un magistral Max von Sydow.


9- Ossessione, de Luchino Visconti: la ópera prima de Visconti consigue construir un clásico del cine negro con escasos medios y estética neorrealista. Versión de El cartero siempre llama dos veces muy superior a la de Tay Garnett, salvo por el detalle de la actriz protagonista (muy lejos de Lana Turner).

10-El último metro, de François Truffaut: única incursión explícita de Truffaut en el campo de la política, con una alentadora y emotiva visión de la resistencia contra la ocupación nazi focalizada en un grupo de teatro. Por una vez, tuve la sensación de que Truffaut se implicaba hasta el fondo y daba lo mejor de sí mismo en la película, y me pregunto por qué no lo habrá hecho con más frecuencia.