El odio no es más que una forma de conocimiento que en general no aprovechamos por causa de una deficiencia congénita.
Esta sentencia, pronunciada por el narrador de la novela Cerbero son las sombras de Juan José Millás, podría entremezclarse con unos breves versos de Bertolt Brecht:
En los tiempos oscuros / ¿se cantará también entonces? / También entonces se ha de cantar / sobre los tiempos oscurosy, entre unas y otras palabras, nos dejarían una idea aproximada del espíritu de una parte del cine chileno contemporáneo: en particular, el que relata los ecos del golpe de Estado militar encabezado por Augusto Pinochet en septiembre de 1973. El odio, por más que goce de un desprestigio a veces pueril (es casi un lugar común que cualquier programa político se engalane con el adorno de la "lucha contra el odio", como si el problema fuera el sentimiento en sí y no el motivo que lo produce), ha dado en ocasiones buenos frutos cinematográficos sin necesidad de ser destilado o traducido a apariencias más amables: pensemos en la obra de Sam Peckinpah, en la explosión de Elem Klimov en Masacre: ven y mira, o en ciertos aspectos (y no los peores) de las películas de Quentin Tarantino. Dicho en palabras del cineasta japonés Masao Adachi:
El cielo sin el infierno no significa nada.


