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27 de septiembre de 2020

El hilo que unía los días

Hace unos días, tuve oportunidad de volver a ver Mujeres en el parque (2006), último largometraje de ficción realizado por Felipe Vega, en la misma sala y el mismo formato que la primera vez, siete años atrás. Pese al cambio radical de contexto, un fragmento que me había impresionado en 2013 volvió a hacerlo ahora; es aquel en el que el protagonista, Daniel (Adolfo Fernández), le explica a su hija Mónica (Bárbara Lennie) sus orígenes de la siguiente manera:
A Ana no le importaba que tú no fueses su hija. Eso no lo vas a entender nunca. Eran épocas distintas, completamente distintas. De eso ya no queda nada. Ni siquiera nosotros.

27 de abril de 2019

Las palabras aún son válidas

Huey Long fue gobernador demócrata del Estado de Luisiana y senador de los Estados Unidos entre 1928 y 1935, año en el que fue asesinado por Carl Weiss, antes de poder intentar una candidatura presidencial que se daba por segura para 1936. Aunque hoy en día se escuche poco su nombre, fue considerado el mayor y más probable aspirante a dictador que tuvieron los Estados Unidos en la época de los fascismos; al menos, hasta que la hipótesis del aviador Charles Lindbergh ganó enteros en el imaginario ucrónico gracias a la novela de Philip Roth La conjura contra América (2004). Desde su muerte, Long ha sido comparado sucesivamente con Perón, Hugo Chávez o Donald Trump; antes, dos importantes novelas fueron inspiradas directamente por su figura: Eso no puede pasar aquí de Sinclair Lewis (1935) y Todos los hombres del rey de Robert Penn Warren (1946). La segunda, además de ganar el premio Pulitzer,  conoció una notable adaptación cinematográfica a cargo de Robert Rossen, titulada igual que el libro pero traducida en España como El político (1949), y en ella se incluye la siguiente secuencia: 














10 de diciembre de 2018

Prosa del Dniéper

Entre 1927 y 1932 se construyó, a orillas del río Dniéper y en la entonces Ucrania soviética, la estación hidroeléctrica más grande de Europa. Los trabajos de edificación quedaron inmortalizados para siempre, con una belleza y un entusiasmo que todavía hoy conmueven, por el cineasta ucraniano Aleksandr Dovzhenko, que estrenó en el mismo año de la finalización de las obras el largometraje Ivan. Ocho años más tarde, el impulsor de esta magna obra, León Trotsky, fue asesinado por orden del gobierno soviético. Al año siguiente, ante el imparable avance del ejército alemán y en cumplimiento de la política de tierra quemada, la presa del Dniéper fue destruida parcialmente por el por el Ejército Rojo; la onda de crecida consiguiente causó entre 20.000 y 100.000 muertos.  Cuatro años después, Dovzhenko fue acusado por Stalin y Lavrenti Beria de "nacionalismo ucraniano" a causa del documental bélico Ucrania en llamas y desde entonces y hasta la fecha de su muerte, en 1956, solo pudo completar una película más, Michurin. En sus diarios, el cineasta definió a la productora Mosfilm, con la que trabajó en su último largometraje, como "campo de concentración". Años después de su muerte, el estudio en el que se le impidió trabajar su última década de vida fue renombrado como Estudios de Cine Dovzhenko; todavía lleva hoy este nombre, por más que su huella en el cine ucraniano contemporáneo (y en el cine de todo el espacio exsoviético) sea, en la práctica, inexistente. 

21 de abril de 2017

Retrato de la duda con Chris Marker al fondo

Este blog acaba de cumplir 11 años y un mes. No parece una efeméride especialmente propicia para la celebración, a no ser que por alguna extraña superstición cabalística festejemos estúpidamente la "curiosidad" del 11 años, 1 mes, 1 día, 1 minuto y 1 segundo transcurridos desde tan intrascendente acontecimiento. Hubiera sido más propio, quizá, celebrar el décimo aniversario el pasado año, pero la cifra estaba demasiado puesta en cuestión por la peculiaridad de que esta web estuvo seis años en barbecho, sin actividad alguna, lo que reduce notablemente el supuesto mérito de conmemorar "una década (falsa) escribiendo". 

Por otra parte, cualquier entrada que se lea hoy de la primera época (2006-2008) no queda en muy buen lugar: son textos demasiado breves y superficiales como para merecer un festejo, y la única razón por la que hoy permanecen accesibles en la red es por mostrar las propias carencias: creo que, al menos en este caso, conviene asumir los defectos y virtudes del pasado como elementos inseparables de la personalidad del presente. 

7 de marzo de 2017

Dovzhenko dijo no


Cada vez que leo o escucho la palabra "trasnochar", por una de esas extrañas asociaciones de ideas, me acuerdo de Krasnoyarsk, una región rusa de la que fue elegido gobernador, hace dos décadas, el general Alexander Lebed. Lebed era entonces una figura política al alza, un líder carismático en la incierta Rusia poscomunista, un nacionalista de derecha que se confesaba admirador de Franco y Pinochet. Tras serle concedido un supuesto tercer lugar en las fraudulentas elecciones de 1996, en las que Boris Yeltsin revalidó su cargo frente al candidato comunista y favorito Guennadi Ziugánov, los medios hablaban de Lébed como el futuro líder del país, a pesar de sus más que diestras ideas, por el poco empuje del entonces ya obviamente alcohólico presidente y por la convicción de que cualquier opción que se asociase al pasado soviético era "inelegible" (la profecía se autocumplió con el fraude contra Ziugánov). El FMI, con su director gerente Michel Camdessus al frente, se encargaba de recordarlo.


21 de julio de 2016

Dersu Uzala y el baile sobre la propia tumba de Akira Kurosawa


Hace más de diez años, cuando todavía era un articulista literario con talento y no se había convertido todavía en la clase de columnista político en que ha desembocado después, Javier Cercas, hablando de sus orígenes como escritor, concluyó: ser original no consiste en no parecerse a nadie, sino en parecerse a la mayor cantidad de gente posible. Digo esto, y vendrá al caso o no, a propósito del reciente descubrimiento (uno más) de que una de las películas más admiradas por cierto público cinéfilo es también (como muchas otras) la adaptación de un libro que ya había sido trasladado al cine anteriormente; es decir, lo que habitualmente se conoce como remake, aunque habría que analizar hasta qué punto puede llamarse como tal a una película que adapta de nuevo una obra escrita que cuya tenía suficiente entidad en sí misma. ¿Puede decirse que El valle de Abraham (1993) de Manoel de Oliveira es un remake de la poco afortunada Madame Bovary (1991) de Claude Chabrol, y que la Madame Bovary (2014) de Sophie Barthes -estrenada este año en España- es un remake de ambas, y que todas ellas lo son de las adaptaciones anteriores de Jean Renoir, Carlos Schlieper, Vincente Minnelli y Alexander Sokurov? Entiendo que no, pero tampoco tiene mucha importancia a qué le llamemos remake y a qué no: no existe un género cinematográfico llamado "remake", es sólo una convención y un vocablo poco preciso, de nulo valor literario. 

25 de agosto de 2015

Konchalovsky: hacia la noche


En la pasada edición del Festival de Venecia fue toda una sorpresa ver en el palmarés, con el León de Plata al Mejor Director, a Andrei Konchalovsky, un muy veterano cineasta (78 años) que, tras diversos bandazos marcados por los extremos cambios de rumbo que marcaron la historia de su país natal, la Unión Soviética, parecía definitivamente fuera de circulación. La película en cuestión, El cartero de las noches blancas, acaba de estrenarse en España y en ella creemos ver una recapitulación de su accidentada carrera, en especial en dos motivos muy concretos: su empleo de actores no profesionales para mostrar el modo de vida de una zona rural de la Rusia contemporánea (el lago Kenózero, ubicado en el Parque Nacional Kenozyorsky -extremo norte de Rusia, cerca de la República de Carelia-) y en la aguda melancolía que recorre la obra, marcada por la sensación de soledad y ausencia de futuro que recorre la poco estimulante peripecia vital del cartero protagonista.

29 de julio de 2015

El murmullo del viento

Alexander Kluge dedicó en 2008 un largo documental de nueve horas de duración al proyecto, fallido, de Sergei Eisenstein de adaptar al cine El capital de Karl Marx. La dificultad de trasladar, no ya una novela (empresa compleja de por sí cuando la entidad literaria del original parece pedir una entidad cinematográficamente equivalente, a riesgo de frustrar a la parte del público cuyo principal criterio de valoración son los valores literarios -lo que se suele resumir con la sentencia "a mí lo que me importa es el guion"-), sino un ensayo de tan hondo calado, sirve de excusa para que Kluge bucee por los avatares del cineasta soviético a la hora de enfrentarse a un propósito destinado al fracaso por el nada propicio contexto al que la historia del cine y la de su país, la URSS, condenaban su ambiciosa idea. Podemos decir que la inclinación del director de Noticias de la antigüedad ideológica a la chanza y al humor absurdo acaban lastrando, que no malogrando, el resultado final de este largo intento de ensayo cinematográfico.

Con mucha más discreción, el cineasta estadounidense John Gianvito acometió otro proyecto de difícil concreción: trasladar a la pantalla el didáctico y apabullante libro de divulgación A People's History of the United States (traducido al castellano como La otra historia de los Estados Unidos), del fallecido historiador y activista Howard Zinn, en el cual hace un recorrido por los accidentados y muy polémicos avatares de la superpotencia desde su mismo nacimiento como estado independiente, mostrando cómo el afán desmedido de lucro ha ido marcado a sangre y fuego su desdichada historia, repleta de indignidades y crímenes. La emoción que surge del libro no se basa solo en su notable brillantez literaria, sino en el heterodoxo punto de vista desde que el que está contado y al que el propio título original alude con el colectivo "pueblo": las víctimas, en cada caso, de la situación del momento: los esclavos negros, los indígenas, los socialistas, los pacifistas. Especialmente memorable es la reconstrucción del siglo XIX, a través de todos los acuerdos políticos que van dando forma y legalidad a un genocidio de los más prístinos que se han cometido en la historia.
Partiendo de una base tan potente, Profit Motive and the Whispering Wind (2007) acierta plenamente al trasladarlo a la pantalla desde la humildad, sin pretender hacer una detallada plasmación de un denso y grueso libro, lo que probablemente lo colocaría ante el callejón sin salida de unos datos históricos cuya amplitud y detalle exigirían un largometraje de varias horas de duración. En sólo 58 minutos, la cámara se limita a filmar tumbas y bosques; por un lado, los monumentos mortuorios y carteles de matanzas que dan fe de las vidas segadas y las luchas que les dieron forma y, por otro, los bosques parecen susurrar ese murmullo del que nos habla el título, alusión a la huella histórica que dejaron los imprescindibles y, en muchos casos, olvidados personajes.

La capacidad de evocación de estos planos fijos es extraordinaria y nos hace reflexionar sobre lo que significa hablar de vidas útiles o inútiles, huellas reales o imaginarias que podemos dejar a nuestra marcha del mundo. ¿Qué poseen las hierbas y los árboles, mecidos por el viento y que tan atentamente capta la cámara de Gianvito, para hacernos llegar de forma tan poderosa una parte de lo que significaron unas luchas tan memorables y, a su vez, tan olvidadas por una Historia tan poco dada a hacer justicia a los vencidos? ¿Posee aquí Gianvito la capacidad de hacer póstumamente ganar a quienes lo merecían, y perder a los villanos que pasaron con letras de oro a los anales? Viendo Profit Motive and the Whispering Wind podemos dejar de lado el pesimismo histórico y considerar que todas las luchas dejan huella, que la siembra de una batalla perdida podrá arraigar en la siguiente y que las palabras de Tupac Katari antes de morir descuartizado
Volveré y seré millones
son algo más que un arrebato poético arraigado en la cultura popular.

Quizá la escasa fortuna del mediometraje del que hablamos venga a cuestionar todas estas elucubraciones, y tengamos que convenir que la realidad histórica es mucho más prosaica. El pesimismo de la razón es demasiado poderoso como para ser doblegado de forma nítida, pero el mérito de Gianvito, al hacernos creer durante un tiempo lo contrario, es conseguir lo que toda obra de arte merece: convertir lo improbable en probable, lo impensable en pensable, y hacernos volar sobre un mundo que tal vez nunca nos perteneció.