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17 de octubre de 2019

Zinemaldia 2019 (7): Entre el odio y la melancolía


El odio no es más que una forma de conocimiento que en general no aprovechamos por causa de una deficiencia congénita. 
Esta sentencia, pronunciada por el narrador de la novela Cerbero son las sombras de Juan José Millás, podría entremezclarse con unos breves versos de Bertolt Brecht: 
En los tiempos oscuros / ¿se cantará también entonces? / También entonces se ha de cantar / sobre los tiempos oscuros
y, entre unas y otras palabras, nos dejarían una idea aproximada del espíritu de una parte del cine chileno contemporáneo: en particular, el que relata los ecos del golpe de Estado militar encabezado por Augusto Pinochet en septiembre de 1973. El odio, por más que goce de un desprestigio a veces pueril (es casi un lugar común que cualquier programa político se engalane con el adorno de la "lucha contra el odio", como si el problema fuera el sentimiento en sí y no el motivo que lo produce), ha dado en ocasiones buenos frutos cinematográficos sin necesidad de ser destilado o traducido a apariencias más amables: pensemos en la obra de Sam Peckinpah, en la explosión de Elem Klimov en Masacre: ven y mira, o en ciertos aspectos (y no los peores) de las películas de Quentin Tarantino. Dicho en palabras del cineasta japonés Masao Adachi: 
El cielo sin el infierno no significa nada.

15 de marzo de 2016

Las tres muertes del verdugo

El 27 de mayo de 1942, el verdugo nazi de Checoslovaquia (nombre técnico del cargo: protector interino del Reich de Bohemia y Moravia) Reinhard Heydrich sufrió un atentado, parcialmente fallido, por parte de la Resistencia de aquel país, apoyada por el gobierno checoslovaco en el exilio (presidido por Edvard Benes) y el gobierno británico. Ocho días después, Heydrich falleció como consecuencia de dicha agresión, que fue la única llevada a cabo con resultado de muerte contra un importante líder nazi en el poder y que tuvo terribles consecuencias para la población civil.

Las primeras versiones cinematográficas de este acontecimiento no tardaron en llegar, con ilustres protagonistas salidos del exilio alemán y ubicados, con (hasta entonces) poca fortuna, en la industria de Hollywood. En el año 1943 y estrenadas con una diferencia de meses, se realizaron Los verdugos también mueren, dirigida por Fritz Lang y que supuso la única aportación exitosa, en forma de guión, de Bertolt Brecht al cine estadounidense, y Hitler's Madman, la primera película que pudo dirigir en solitario Douglas Sirk desde su llegada a América. De desigual valía (en mi opinión, la primera es una obra maestra y la segunda, una obra interesante), en ambas hay aportaciones sobresalientes y las dos comparten algunas similitudes en el tratamiento del tema, al no contar con todos los datos disponibles sobre los detalles del atentado y sus consecuencias y al no poder desvelar algunas cuestiones relevantes, para no comprometer todavía más la posición de una Resistencia que entonces seguía en lucha contra los ocupantes alemanes. 


12 de noviembre de 2015

Buñuel, Stalin y los manifiestos dadá

Hace no demasiado tiempo, sostuve una breve discusión por Twitter acerca del stalinismo: de quiénes, cuándo y por qué habían defendido la derivación más déspota del comunismo, y de qué forma se los podría juzgar en la actualidad. La conclusión que saqué del breve intercambio es que el stalinismo, con más intensidad que el comunismo en general, es considerado hoy una especie de alucinación demoníaca, y sus seguidores, personas de mentalidad totalitaria que merecen una rotunda condena política, en el caso de que nos tomemos en serio sus posiciones al respecto; en el que no, una especie de infantiles y despistados personajes, totalmente iletrados en lo que respecta a las materias de la ciencia política.



Hay razones para pensar así, pero el problema es cuando descendemos a los nombres concretos a los que podemos imputar esta acusación: no fueron tan pocos, ni tan irrelevantes, ni los motivos por los que se adhirieron, en algunos casos de forma acrítica, a la causa stalinista hasta en sus aspectos más sombríos (incluyendo los procesos de Moscú de 1936 y 1938, el pacto nazi-soviético, las purgas posteriores a la II Guerra Mundial en los países sovietizados de Europa del Este) pueden reducirse a una misteriosa alucinación, o a alguna incomprensible inclinación a la maldad. Pensemos en Bertolt Brecht y en Dashiell Hammett: sobre el primero, se han vertido ríos de tinta y hay quienes le reprochan, en sus últimos años, su carácter de “autor oficial” en la República Democrática Alemana. Lo que, en otras palabras, vendría a significar: su stalinismo le produjo beneficiosos réditos. Pero no fue así cuando se exilió en Hollywood: su militancia le ocasionó la expulsión de la industria del cine y de Estados Unidos, cuando su situación vital no era exactamente privilegiada, como la de casi ningún comunista alemán de la época. Y sobre Dashiell Hammett se podrán decir muchas cosas, pero desde luego no que se adhiriese al stalinismo por beneficio personal: su militancia lo condujo a la cárcel y arruinó su carrera.