Entre 1927 y 1932 se construyó, a orillas del río Dniéper y en la entonces Ucrania soviética, la estación hidroeléctrica más grande de Europa. Los trabajos de edificación quedaron inmortalizados para siempre, con una belleza y un entusiasmo que todavía hoy conmueven, por el cineasta ucraniano Aleksandr Dovzhenko, que estrenó en el mismo año de la finalización de las obras el largometraje Ivan. Ocho años más tarde, el impulsor de esta magna obra, León Trotsky, fue asesinado por orden del gobierno soviético. Al año siguiente, ante el imparable avance del ejército alemán y en cumplimiento de la política de tierra quemada, la presa del Dniéper fue destruida parcialmente por el por el Ejército Rojo; la onda de crecida consiguiente causó entre 20.000 y 100.000 muertos. Cuatro años después, Dovzhenko fue acusado por Stalin y Lavrenti Beria de "nacionalismo ucraniano" a causa del documental bélico Ucrania en llamas y desde entonces y hasta la fecha de su muerte, en 1956, solo pudo completar una película más, Michurin. En sus diarios, el cineasta definió a la productora Mosfilm, con la que trabajó en su último largometraje, como "campo de concentración". Años después de su muerte, el estudio en el que se le impidió trabajar su última década de vida fue renombrado como Estudios de Cine Dovzhenko; todavía lleva hoy este nombre, por más que su huella en el cine ucraniano contemporáneo (y en el cine de todo el espacio exsoviético) sea, en la práctica, inexistente.
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10 de diciembre de 2018
7 de marzo de 2017
Dovzhenko dijo no
Cada vez que leo o escucho la palabra "trasnochar", por una de esas extrañas asociaciones de ideas, me acuerdo de Krasnoyarsk, una región rusa de la que fue elegido gobernador, hace dos décadas, el general Alexander Lebed. Lebed era entonces una figura política al alza, un líder carismático en la incierta Rusia poscomunista, un nacionalista de derecha que se confesaba admirador de Franco y Pinochet. Tras serle concedido un supuesto tercer lugar en las fraudulentas elecciones de 1996, en las que Boris Yeltsin revalidó su cargo frente al candidato comunista y favorito Guennadi Ziugánov, los medios hablaban de Lébed como el futuro líder del país, a pesar de sus más que diestras ideas, por el poco empuje del entonces ya obviamente alcohólico presidente y por la convicción de que cualquier opción que se asociase al pasado soviético era "inelegible" (la profecía se autocumplió con el fraude contra Ziugánov). El FMI, con su director gerente Michel Camdessus al frente, se encargaba de recordarlo.
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