14 de abril de 2016

Tras las huellas de Segundo López

Durante algunos años, citar al neorrealismo y a sus características más popularmente conocidas, todo lo vulgarizadas que se quiera, se convirtió casi en un lugar común en todo tipo de películas. Por recordar dos ejemplos: en Surcos (José Antonio Nieves Conde, 1951), el cacique llamado Chamberlain (por el primer ministro británico, como recordaba en su día Eduardo Haro Tecglen) mantiene este significativo diálogo con la mujer a la que patrocina: 
-¿Por qué no me llevas al cine? Echan una psicológica. 
-Eso ya está pasado. Ahora lo que se llevan son las películas neorrealistas. 
-¿Y qué es eso? 
-Problemas sociales, gente de barrio...                                         
-(...) no sé qué gusto le encuentran a sacar la miseria. Con lo bonita que es la vida de los millonarios.  
Y en La señora sin camelias (Michelangelo Antonioni, 1953), que transcurre en su mayor parte en los estudios de Cinecittá, una de las actrices secundarias del plató se escandaliza de esta forma ante los nuevos aires del cine italiano:
-¡Neorrealismo! Ruedan en cualquier sitio. 


Esta visión, generalmente despectiva y que las propias películas que querían adscribirse a algunos de los postulados neorrealistas incluían como juego metalingüístico, al ser conscientes de que la reacción adversa que a priori provocarían sería uno de los pesos muertos con los que tendrían que lidiar, es seguramente una de las razones que explican que un largometraje como Segundo López, aventurero urbano (Ana Mariscal, 1953) pasara desapercibido en su época. Hay otras, por supuesto: el régimen franquista bajo el que se realizó, cuya hostilidad hacia las obras que reflejaran la pobreza y huyeran de la alabanza de las glorias imperiales había llegado al punto de que, dos años antes y a propósito de la clasificación como "de interés nacional" de la mencionada Surcos, en prejuicio de Alba de América (Juan de Orduña), se decidiera la destitución del Director General de Cinematografía, José María García Escudero. Y una tercera, no menos importante que las dos anteriores: su directora era ni más ni menos que una mujer, aunque fuese la misma mujer que había sido la protagonista femenina de Raza (José Luis Sáenz de Heredia, 1941) y sobre la que no cabía la sospecha de supuestas veleidades opositoras al franquismo.  



En Segundo López, aventurero urbano hay tres nombres clave, además del de su directora, que se sitúan en la génesis de un proyecto singular para la época y el país en que se realizó. En primer lugar, el protagonista, Severiano Población, que compartía algunas de las características de su personaje, descritas de manera impresionista por la voz en off que abre la película: 
En esta pacífica ciudad nació Segundo López. Aquí pasó los primeros 47 años de su vida dedicándose a jugar al tute, al julepe y a la rana; a la contemplación del paisaje extremeño y a emborracharse de vez en cuando para matar el aburrimiento. Jamás trabajó en nada este hombre bueno, analfabeto y sentimental, porque estuvo al amparo de su madre, de quien acaba de heredar una modesta frutería. Segundo López traspasó su industria, desprendiéndose con ello de lo único que todavía le ligaba a su pueblo. Y un buen día, sin pensarlo siquiera, emprendió el primer viaje de su vida. 
Severiano Población era cacereño, jamás había actuado en película alguna y visitó Madrid algunos años antes de la película en busca de una fortuna que le fue esquiva. Pero sí había trabajado, al contrario que el personaje al que da vida, en su profesión, maestro de obras, por la que era conocido en su ciudad natal, en la que realizó algunos trabajos destacados: su nombre figura como contratista de la Casa de Ejercicios Espirituales de Cáceres, a la que dedicó siete años de trabajo (entre 1955 y 1962). La realización de la película le proporcionó mayor fama local, lo que le animó, con los años, a construir un cine, que tras otros muchos años de esfuerzos por fin consiguió inaugurar el 13 de junio de 1963. La primera película proyectada no fue otra que la suya propia. 



También de Cáceres y amigo suyo era el futuro marido de Ana Mariscal, Valentín Javier (fallecido hace tan solo cuatro años), director de fotografía de esta película y que llegó al cine gracias a un tercer paisano de la ciudad extremeña, el escritor y periodista Leocadio Mejías, cuyo libro más conocido es una novela llamada... Segundo López, aventurero urbano, que publicó en 1947 y aunque no ha sido reeditada, es posible encontrar hoy en algunas librerías de viejo. Leocadio Mejías interpreta un breve pero significativo papel en la película, en su caso sí totalmente autobiográfico, haciendo las veces de narrador y de hilo conductor de las caóticas andanzas de los protagonistas, y su estampa en el café, como hombre enjuto y austero, de gran delgadez, sin dinero y concentrado en su escritura, podemos encontrar algunos rasgos del exiliado interior, que malvive a base de escribir a destajo. Entre los datos que he podido encontrar acerca de él figura una ficha de encausado por el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo (no puedo asegurar al cien por cien que se trate de la misma persona, pero coinciden el hombre y los dos apellidos), abierta en 1940; en su necrológica, que data de 1968, se le describe de esta forma: 
Era un hombre sensible, cordialísimo. Sus cualidades humanas, muy hondas, corrían parejas con su talento profesional. 
Otra de las publicaciones de Leocadio Mejías de las que hoy tenemos noticia es la serie periodística "La conquista de Madrid", publicado en el diario Madrid entre 1947 y 1948, y que es descrita, en una publicación de Anales del Instituto de Estudios Madrileños, así: 
La serie, que consta de 54 capítulos, cada uno bajo título propio, es autobiográfica y relata lo ocurrido seis años antes de escribirse. Un joven extremeño llega a la capital de España con la esperanza de conquistar en ella un espacio literario, quiere ser autor dramático. Termina siendo periodista y nos pinta capítulo a capítulo los ambientes madrileños, sus personajes y sobre todo el universo palpitante de la calle. Las grandes secuelas de la guerra están presentes en todo momento, sin embargo, la miseria se disfraza con grandes dosis de humor. 

Parece, pues, que la misma idea de circularidad que intentaba reflejar el fallido (por culpa de la censura) final de Surcos va enlazando las peripecias vitales de los emigrantes extremeños Leocadio Mejías, Valentín Javier y Severiano Población, siendo Segundo López un trasunto de la realidad que los tres tuvieron que vivir en el difícil Madrid de los años 40. 

En cualquier caso, por encima de la extremeña materia argumental de la película, debemos centrarnos en su principal artífice: su directora, la madrileña Ana Mariscal, la primera mujer en dirigir en España tras la Guerra (le habían precedido Helena Cortesina en 1921 y Rosario Pi en 1935, y un año después seguiría sus pasos Margarita Alexandre). El boicot de la industria de Hollywood a España durante 1951 y la crisis subsiguiente en el cine nacional provocó que durante seis meses la intérprete que había sido una de las estrellas de los años 40 no consiguiese ningún papel y decidiera fundar su propia productora, Bosco Films, y lanzarse a la dirección. La heterodoxia de Segundo López hace que sea la propia Mariscal quien tenga que pagar el estreno, el 5 de febrero de 1953, en el cine Rex de la Gran Vía de Madrid, y que posteriormente inicie una gira por diversas ciudades (A Coruña será la primera de ellas) para presentar la película y llevar a cabo coloquios posteriores a la proyección, que tienen mucho más éxito que el posterior estreno "normal", cuando una distribuidora se decide a comprarla y a difundirla con la insólita leyenda: 
Una película dirigida por una mujer que enternecerá a todos los hombres. 

La película fluye libérrima por la calles de Madrid (no en vano, en los créditos iniciales de la película consta un agradecimiento "al simpático pueblo de Madrid", dado que es éste el decorado único de la película, en una época de total hegemonía de los rodajes en estudio) y en ella, además de la obvia influencia del neorrealismo italiano (aquí también, como en las primeras películas de Rossellini, la ausencia de un presupuesto digno de tal nombre obligó a sacar a sus protagonistas a las calles e impuso algunos fallos de raccord), podemos constatar la indudable sombra de algunos de los clásicos de la mejor literatura española. Por un lado, la novela picaresca y en particular el Lazarillo de Tormes, que sin duda inspira algunas características del personaje del Chirri (golfillo huérfano que malvive al raso hasta que se encuentra con el protagonista), cuya carta de presentación incluye la confesión de que tras la muerte de su madre estuvo sirviendo a un ciego. Pero hay una importante diferencia con el espíritu de aquella obra, y es que no hay rastro de cinismo en el personaje, y sí mucho de reflejo de una época en la que las calles estaban atestadas de niños sin techo cuyo medio de precaria subsistencia era la recogida de colillas o los pequeños hurtos.

Por otra parte, en ciertas rasgos de la personalidad de Segundo López podemos ver la huella de Don Quijote, aunque a los caracteres de ambos, anómalos en los dos casos para el medio en el que se encuentran, hayan llegado por caminos opuestos: el analfabetismo y la vida campestre en un caso y el empacho libresco en el otro. El primer enamoramiento de Segundo al llegar a Madrid se produce en un trasunto, por su vulgaridad, deshonestidad y falta de atractivo, de Dulcinea, la Francisca (de la que no tarda en desengañarse). Posteriormente vive algún episodio análogo a los vividos por el personaje cervantino, como la secuencia que se desarrolla durante un rodaje en el que participa como extra -cuyo director está interpretado por Manuel Mur Oti- y en el que tiene lugar un duelo ficticio que el protagonista toma por un "peligroso juego de armas cortas" ante el que interviene, arruinando la escena y el rodaje pero mostrando su disposición de intervenir aunque cualquier desgracia (por ficticia que sea, cabría añadir). La absoluta espontaneidad, rayana en la temeridad, con la que Segundo López vive su estreno en la ciudad y su disposición hacia una idea innata de justicia, por encima de convención social alguna, transcurren en el marco del crudo paisaje en ruinas de las penurias de una ciudad exhausta y machacada, en la que se combinan el alcoholismo infantil (el Chirri no deja de beber coñac a chorro), la policía que en caso de duda encarcela al que peor viste, la aristocracia demente, las posadas en las que se cena aceite y los desconchados ocultan que alguna vez hubo yeso en las paredes (o en las fachadas). 



En las peripecias de Segundo y el Chirri observamos también un anarquismo instintivo, una bondad natural que muestra cómo la vida sin dinero y sin largo plazo también puede ser vivida con la dignidad que da el profundo convencimiento de que todo semejante es un fin en sí mismo, no un potencial enemigo. La subversión que implica la personalidad del protagonista, llevada a las últimas consecuencias, queda al descubierto en el primer y único desencuentro con el golfillo de quien se hará inseparable: le ha robado todo su dinero y lo ha abandonado al albur de una borrachera, pero Segundo desprecia el robo y su único dolor es la pérdida de amistad y de confianza que implica el haberlo abandonado sin dar explicaciones. 

El personaje de Marta, que interpreta la propia Ana Mariscal, es donde vemos mejor reflejada a la directora, que exorciza el fracaso de una mujer dedicada al espectáculo: no se trata de una actriz, sino de una antigua vedette -muy alejada de la imagen que el cine de la época vertió sobre ellas, mostrándolas como poco menos que prostitutas adineradas- que por causa de una enfermedad pierde a su novio -la soltería no es una opción: mujer, España, años 50- y pena su convalecencia encerrada en la misma modestísima pensión que acoge a Segundo y al Chirri haciendo flores de plástico para poder subsistir. No es descabellado pensar que la misma Mariscal pudo temer un destino semejante durante buena parte de la siempre fluctuante y arriesgada carrera de una mujer dedicada al cine, y aunque los toques de humor y de ternura que tiñen su relación con el dúo de protagonistas (que incluye un tratamiento de su enfermedad a base de pollos asados, jamones y aire fresco y el regalo de "novelas muy buenas" tales como Historia de Numancia o la Guía Michelín España-Portugal por parte de los bienintencionados e improvisados enfermeros) le quite hierro a su situación, es el contrapunto trágico a la inconsciencia vital del personaje principal. 



El fracaso de Segundo López, aventurero urbano cortó en seco el estimulante camino que podría haber abierto y recondujo la trayectoria de Ana Mariscal como directora de cine. Su siguiente largometraje de ficción, no realizado hasta 1958 -con una estancia entre medias de dos años en Argentina, en donde llegó a dirigir y presentar un programa de televisión- fue la adaptación de la novela de Jesús Evaristo Casariego (escritor tradicionalista, vinculado desde su juventud y hasta su fallecimiento a la extrema derecha religiosa) Con la vida hicieron fuego, una suerte de conceptualización de la España eterna (en acertada expresión de Mª del Carmen Alfonso García, que dedicó un notable estudio a la novela y la película) en la que un emigrado héroe falangista vuelve a España para lamentar la inutilidad de la escabechina cometida, aunque el orgullo que siente por su pasado y el lastimoso tono de la película contradigan cualquier atisbo crítico sobre el presente del país en que se inserta. La misma productora Bosco Films caracterizaba así la película, en un escrito presentado ante la Junta de Clasificación y Censura: 
Portadora de ideas, sentimientos y verdadera fisonomía de la España eterna. Propósito cristiano y moralizador que es fiel a las consignas de nuestro gobierno. 
Del resto de su obra solamente he tenido acceso a El camino (1963), adaptación de la conocida novela de Miguel Delibes de la que conviene destacar su corrección dentro de un realismo costumbrista que marca también sus límites. Sus demás largometrajes (con títulos como La quiniela, Occidente y sabotaje, Los duendes de andalucía y El paseíllo), repartidos entre 1959 y 1968, fueron descritos por Augusto Martínez Torres en la necrológica que le dedicó en El País como "cine comercial sin el menor interés". 



Quizá ahora sentiríamos la tentación de colocar el nombre de Ana Mariscal en el numeroso catálogo de cineastas españoles que empiezan novedosos y estimulantes y acaban convencionales y decepcionantes, si no fuese por el aroma a autenticidad, honestidad, claridad de ideas e identificación con los pobres que sigue desprendiendo hoy Segundo López, aventurero urbano, hacen a su autora merecedora de ser tratada como algo más que como un mero síntoma del pasado, y su fracaso señala con mayor contundencia la villanía de la época en la que le tocó vivir. Como escribió sobre ella Josefina Molina, 
Sé que Ana Mariscal fue una mujer herida de contradicciones, que luchó elegante por la equiparación de la mujer, sin romper nada, aunque nadie se lo agradeció en su justa medida. Atada por las creencias que honrada y libremente aceptó, pero que a veces la cegaban, fue víctima de un entorno mediocre que la utilizó mientras ella se engañaba creyéndose libre, porque solo sintiéndose libre podía vivir.  

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