10 de febrero de 2015

Wanda la Roja


Es probable que la película Ida (Pawel Pawlikovski, 2013), a pesar de su corrección formal, su llamativo blanco y negro, su formato 1.33:1 y su manera de recrear la grisura de los años finales de la década de 1950 en Polonia mediante una estética fría, austera y hierática, hubiese pasado desapercibida (o, al menos, hubiese visto muy rebajado su impacto) si no fuese por el personaje de Wanda, interpretado por Agata Trzebuchowska. 

La cantidad de historia y de matices con los que carga Wanda a sus espaldas es difícil de sobreestimar. Porque, desde su primera aparición en la que ella misma parece querer asimilarse con una prostituta (o al menos, es lo que mi tal vez sucia mirada como espectador quiso ver en su primera alusión a su "profesión" ante su sorprendida sobrina), pasando por su posterior revelación como una desganada jueza que imparte sentencias como quien lee un dictado sobre el Mío Cid en el colegio, el desvelamiento de su judaísmo y el de su sobrina como hecho clave,  su impresionante pericia como interrogadora de unos vecinos que cargan terribles secretos criminales en su conciencia (que ella conoce, pero no sabemos si por su intuición, su inteligencia, sus pasados altos cargos o su consciencia de hasta dónde puede descender la condición humana), su pasado como ex fiscal del Estado, hasta llegar a sus antagónicos papeles como madre y resistente contra el nazismo, parece que todas las tragedias del siglo XX se hayan concentrado en su brutal y nada envidiable existencia.


La misma forma de ponerle fin nos remite a Primo Levi y Paul Celan: la carga de haber sobrevivido a unos tiempos tan atroces es demasiado onerosa incluso para un personaje de su fortaleza. Sus últimas palabras tienen unas implicaciones imposibles de pasar por alto: después de revelar a su sobrina Ida el trágico fin de toda su familia, confiesa que ella los dejó para irse a luchar con la resistencia, y añade, como colofón:
Quién sabe para qué.
Y en esas cuatro palabras está condensada la terrible inutilidad de una existencia. Seguramente no haya una opción que justifique una vida de forma más plena que haber abandonado la pasividad ante un poder de la atrocidad opresora del nazismo y haberse enfrentado a él de forma directa, y con éxito, además. Y sin embargo, Wanda lo ve como algo inútil, y nos preguntamos: ¿cómo es posible?



Además de la pérdida de su hijo, una herida que nunca cicatriza, Wanda nos da otra pista, que nos lleva a un camino siniestro: el de las purgas stalinistas, en la que tuvo un papel protagonista. De forma breve y concisa y de nuevo hablando con Ida, lo recuerda así: 
-Antes era fiscal del Estado. Grandes jucios públicos. Condené a muerte a algunas personas. 
-¿A quiénes? 
-Enemigos del Pueblo. Fue a principios de los 50. Wanda la Roja, esa soy yo. Pero eso fue hace mucho.
Por lo que sabemos, este hecho concreto de la personalidad de Wanda ha causado mucha controversia en Polonia, y seguramente en buena parte de los coloquios que se han llevado a cabo en todo el mundo tras la proyección de Ida (confieso no haber acudido a ninguno) se ha debatido sobre esta cuestión. Hay un pasaje muy polémico en las memorias del fallecido ensayista británico Christopher Hitchens, Hitch-22, en el cual, tras hablar del tardío descubrimiento de sus propios orígenes judíos, añade que le llama la atención la cantidad de judíos implicados en el aparato represivo de los regímenes prosoviéticos del Este de Europa, y vincula este hecho con el Holocausto: una forma de venganza. Pero esta aventurada conclusión, no inhabitual en el a veces arbitrario Hitchens, casa mal con los matices antijudíos de buena parte de estas purgas, trufadas en muchos casos de acusaciones nada inocentes de "sionismo" y "cosmopolitismo": el complot de los médicos, surgido en los últimos meses de la vida de Stalin (y que cuenta además con una versión cinematográfica, realizada por Aleksei German en 1998) es solo el último ejemplo de ello.


Y tal vez ahí sea clave el nombre de Lavrenti Beria, un hombre que ha pasado a la historia como uno de los principales verdugos al servicio de Stalin (y a quien debe su nombre el cineasta filipino Lav Diaz) pero cuya trayectoria da fe de los contradictorios bandazos, carruseles y esquizofrenias de la URSS durante la dictadura del georgiano. El papel de Beria como jefe de la policía y los servicios secretos de la URSS hasta 1953 implicó también la organización de cuerpos semejantes en los países de Europa del Este que, tras la II Guerra Mundial, quedaron bajo influencia soviética, y en ello empleó a personas de su confianza, buena de parte de ellas judías, como el propio Beria. Las purgas que se desencadenaron entre 1948 y 1953 (de las que tenemos otro notable ejemplo cinematográfico en La confesión, de Costa Gavras, film basado en la experiencia personal del dirigente comunista checoslovaco Artur London) fueron en gran manera organizados por los enemigos políticos de Beria para debilitar su posición como previsible sucesor de Stalin, lo que culminó con su propia ejecución en diciembre de 1953, cuando ya las sangrientas purgas daban sus últimos coletazos y Nikita Khruschev se consolidaba como nuevo hombre fuerte de la Unión Soviética.

Seis años después, Wanda, una pieza ficticia en este complejo engranaje, era enterrada entre discursos huecos y desganadas menciones a la "patria socialista" y la "justicia popular".

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias por ampliar horizontes culturales. Un saludo.

Anónimo dijo...

Gracias por expandir los horizontes culturales.