7 de diciembre de 2015

De Setsuko Hara a Kinuyo Tanaka

Ahora que la muerte de Setsuko Hara ha puesto el foco sobre cómo la presencia, y la posterior ausencia, de una sola actriz puede marcar la filmografía de un director y hasta de un país, se nos vienen al recuerdo los nombres de algunas otras intérpretes que han marcado la carrera de realizadores a los que acompañaron, en el cine japonés en mayor medida que en el resto de filmografías que conocemos.

Porque si el nombre de Setsuko quedará para siempre unido al de Yasujiro Ozu, lo mismo sucede con, por un lado, Mikio Naruse y su inseparable protagonista Hideko Takamine, y por el otro, Kaneto Shindo y su pareja y actriz principal Nobuko Otowa: en los dos casos, ellas son una presencia constante en la mayoría de los largometrajes que emprendieron juntos, siempre adaptando y marcando la evolución de los personajes femeninos al compás de la evolución de sus actrices.



Del mismo modo, dos carismáticas parejas de cineasta y protagonista femenina marcaron el discurrir de la Nuberu Vagu. En primer lugar, la de Kiju Yoshida y Mariko Okada, el conocido como Bergman japonés y su musa y esposa desde 1964 hasta hoy, cuya significación e influencia en las películas realizadas por el director de Eros y masacre es imposible de soslayar, hasta el punto que en los ciclos recientes que alrededor del mundo ha venido organizando la Fundación Japón el nombre de ambos (y no solo el del realizador, como suele ser habitual) estaba presente en el frontispicio de presentación.


Y en segundo lugar, otra pareja señera –en este caso, solo cinematográfica- es la formada por Yasuzo Masumura y Ayako Wakao, que coincidieron la última y magistral película de Kenji Mizoguchi, La calle de la vergüenza, el primero como ayudante de dirección y la segunda como protagonista, iniciando a partir de entonces una colaboración que incluiría películas tan radicales y de personajes femeninos tan rotundos como La mujer de Seisaku, Red Angel o La esposa del Dr. Hanaoka, siendo la también protagonista de Los músicos de Gion  del citado Mizoguchi o La hierba errante de Yasujiro Ozu mucho más que una mera presencia habitual en su reparto.


En otras cinematografías, existen multitud de asociaciones entre realizador y protagonista femenina que han dado notorios frutos, casi siempre unidas a una relación sentimental paralela entre ambos que marcó buena parte de las tramas de sus películas. Los conocidos casos de Ingrid Bergman y Roberto Rossellini, Jean-Luc Godard y Anna Karina, Charles Chaplin y, sucesivamente, Edna Purviance, Georgia Hale y Paulette Goddard o Ingmar Bergman y, también sucesivamente, Harriet Andersson, Bibi Andersson y Liv Ullmann, se quedan pequeños ante el singular ejemplo de Jean Renoir y Catherine Hessling, cuyos deseos de ser actriz empujaron al primero a dedicarse al mundo del cine para finalmente acabar con el primero convertido en uno de los grandes nombres de la historia de este arte y la segunda como un recuerdo del cine mudo que vivió olvidada a partir de los años 30.
También han sido cinematográficamente fructíferos algunos ejemplos de amor homosexual entre cineasta y actor: tenemos cuanto menos presentes los ejemplos de Jean Cocteau y Jean Marais, Pier Paolo Pasolini y Ninetto Davoli o Luchino Visconti y Helmut Berger. Tema aparte son los amores no correspondidos, algunos reflejados en pantalla de forma tan inteligente y sugestiva como el de Richard Quine hacia Kim Novak, otros de forma más pesadillesca y oscura (como el de Alfred Hitchcock hacia Tippi Hedren) y algún otro, más singular, como el de Robert Bresson hacia Anne Wiazemsky, que detalló la ahora novelista en La joven, libro del que extractamos el siguiente fragmento:

Una tarde quiso que viera su última película, El proceso de Juana de Arco. Era una sesión pública en un cine de los Campos Elíseos. La sala estaba casi llena, nosotros esperábamos en el centro. Cuando se apagaron las luces me apretó la mano y se puso a comentar a media voz algunas secuencias de la película. Me explicaba por qué eran particularmente acertadas y me invitaba a admirarlas, añadiendo de paso algunas anécdotas. De vez en cuando se extasiaba con Juana, a quien llamaba "la adorable, la admirable jovencita" y con Florence, que interpretaba de forma "maravillosa, justa, auténtica". Su mano apretaba más fuerte la mía, yo notaba que estaba muy emocionado y también me sentía así. Aquella lección de cine destinada a mí sola acabó por irritar a nuestros vecinos más cercanos. Se elevaron voces aquí y allá que reclamaron silencio. ¿Las oía él? ¿Era consciente de la presencia de esos espectadores anónimos que no hacían otra cosa que defender una película que les gustaba? No lo creo. Estábamos aislados, en una burbuja en la que nada ni nadie debía entrar. Para él, sencillamente, los demás no existían.
Dejamos para el final otro conocido caso del cine nipón, el del ya citado Kenji Mizoguchi y la gran estrella Kinuyo Tanaka, que podríamos ubicar en el apartado de los amores no correspondidos aunque la compleja personalidad del que Yasuzo Masumura definió como “un hombre infantil, absurdo y violento” y las equívocas palabras que la también realizadora pronunció años después puedan llevarnos a confusión. En el documental Kenji Mizoguchi, la vida de un cineasta, dirigido por el ya citado Kaneto Shindo, la misma cámara que se mantenía neutral al hablar con algunos de los amigos y conocidos del biografiado se acerca al rostro de Kinuyo cuando el director de La isla desnuda aborda el tema, que ella en principio despeja asegurando:
Mizoguchi amaba a través de mí a las mujeres que yo interpretaba.
Pero posteriormente reconoce que varias personas allegadas, entre las cuales se encontraba el mismo Yasujiro Ozu, le confirmaron los sentimientos de Mizoguchi y que ella en ningún caso quiso concretarlos, según sus palabras, para no interrumpir en la sobresaliente evolución del autor de Cuentos de la luna pálida de agosto, que en los años 50 llegó a su cénit.
Creámosla o no, lo cierto es que Kinuyo Tanaka, que había conocido un breve y casi clandestino matrimonio (entre 1927 y 1929) con Hiroshi Shimizu, no se volvió a casar jamás y murió en 1977, 21 años después que Mizoguchi.


2 comentarios:

Rafael Sánchez Casademont dijo...

Gran artículo!!.

Eugenio Vargas dijo...

Interesante el artículo sobre Oshima, vi Murió después de la guerra y debo confesar que no me gustó. A lo que voy es que es un cine exactamente opuesto al que gira en torno a las grandes actrices que mencionas. No quiero decir que el cine clásico japonés no tenga un alcance político o social, sí que al parecer la presencia de tales primas donnas contribuye a diluir o atenuar ese efecto.

Setsuko Hara en El baile de la casa Anjo, Nobuko Otowa en La posada de Osaka, Hideko Takamine en El relámpago, Chikage Awashima en Nubes de verano...claro que la delantera la lleva Kinuyo Tanaka confirmado por su aparición en el documental sobre Mizoguchi.

Será que algunos nos empecinamos en vivir en la alienación. Lo digo como autocrítica ante mi incapacidad de disfrutar a Oshima salvo por sus ideas (que se pueden o no compartir) pero para eso sería necesario despojarse de la sensibilidad propia lo que es imposible. El arte pasa por la emoción antes que por la razón.

Felicitaciones por el blog!!