2 de septiembre de 2016

El agua nunca sigue un camino recto

En algún momento de la década de los 90 y en un programa televisivo, le preguntaron al futbolista búlgaro Hristo Stoitchkov por el nombre de su ídolo. Su respuesta fue rápida e inequívoca: Gueorgui Asparuhov, también futbolista y también búlgaro. Una vez finalizada la entrevista, los presentadores parecían genuinamente sorprendidos, y comentaban algo así como: "Qué insólito, su ídolo es un desconocido mucho menos importante que él". Leyendo ahora los datos biográficos de Asparuhov, no parece que entre dentro de la categoría de 'desconocido', pero conviene añadir que estábamos en la década de los 90, el uso de internet todavía no estaba generalizado y el conocimiento que se pudiera tener en el periodismo deportivo español, aun en el más erudito, en el ámbito del fútbol internacional no comprendía a un jugador de un pequeño país perteneciente al bloque soviético.

Trasladándonos a un ámbito muy distinto, algo semejante a lo que acabo de describir podría haber sucedido si, en algunas de sus no muy numerosas entrevistas, el cineasta iraní Abbas Kiarostami hubiese citado como una de sus principales influencias a su compatriota y cineasta Masud Kimiai, la mayor parte de cuya obra transcurrió durante el gobierno cleptómano, dictatorial y prooccidental -una tríada demasiadas veces repetida- del Sha de Persia, Mohamed Reza Pahlevi (y al que, en alguna ocasión, prestó mercenarios servicios el no siempre ejemplar Orson Welles). El conocimiento del cine iraní anterior a la revolución islámica de 1979, aun ahora y con la excepción de muy pocos especialistas, ha sido siempre al menos tan pequeño como que se pudiera tener del fútbol búlgaro anterior a Stoitchkov en los años 90.



Viajo ahora al año 2002, en mis comienzos como espectador cinematográfico más o menos constante y a una madrugada en la que, llevado por una cierta familiaridad con el nombre de Kiarostami, me decidí a ver El viento nos llevará en el ya finiquitado Canal Plus. Entonces acostumbrado a la falta de ambigüedad estética y a la excesiva coherencia del Modo de Representación Institucional del cine clásico, el comienzo de dicha película me causó un asombro casi infantil, con un gran plano general y una cámara mostrando desde lejos el serpenteante trayecto de un coche que se movía entre tortuosos e interminables caminos, levantando tanto polvo como el que estaba acostumbrado a ver en alguna de las paupérrimas carreteras rurales por las que se accedía a mi pequeño pueblo natal. Aquel asombro, que pronto se transformó en admiración y se extendió al resto de la obra de Kiarostami (sin dejar de lado el componente misterioso de esta operación, que evocaba Adrian Martin aludiendo a que "la naturaleza precisa del camino que lleva de la simplicidad a la complejidad en el cine de Kiarostami permanece enigmática, difícil de enfocar"), volvió a aparecer recientemente cuando, por casualidad, me encontré con una película y unas imágenes, en los que creí ver no ya un aire de familia, sino un claro antecedente al que el recién fallecido autor de Copia certificada estaba citando, homenajeando o, sencillamente, recordando de forma más inconsciente en los (entonces) para mí insólitos y largos planos con los que me inicié en su cine.

La obra en cuestión es Baluch, película de 1976 del ya mencionado Masud Kimiai; veamos imágenes de su comienzo intercaladas con otras de los primeros minutos de El viento nos llevará:



















Hay, sin embargo, entre las imágenes de una y otra película, una interesante diferencia, y es en El viento nos llevará, al igual que en anteriores obras de Kiarostami (en especial, en la trilogía conformada por ¿Dónde está la casa de mi amigo? -1987-, Y la vida continúa... -1991- y A través de los olivos -1994-) los caminos van lentamente virando hacia un zigzagueo constante, casi tortuoso.





La misma belleza que el cineasta fallecido el pasado mes de julio captaba en sus películas la empleó en sus palabras para justificar este serpenteo:

Se trata del hombre encontrando su camino, el hombre abriéndose paso. (...) El camino más recto es el más rápido, pero los zigzags y las curvas creo que representan la esencia de nuestro movimiento.

Girar curvas nos hace sentir seguros. Así, el camino recto, tan intensamente recomendado en nuestra poesía y nuestra filosofía, no parece funcionar en la realidad.

El agua nunca sigue un camino recto. La esencia de su movimiento es el obstáculo. Las subidas y bajadas que dan belleza a un arroyo suceden cuando encuentra un obstáculo.

Baluch, más allá de su evocador comienzo protagonizado por un coche, es una interesante película, pero con tintes de tosco melodrama comercial que lo apartan completamente de la cosmovisión de Kiarostami. A pesar de las diferencias reseñadas, y sea pertinente o no la comparación, sirva esto de homenaje a esta oscura y olvidada película sin la cual, tal vez, la obra del director de El sabor de las cerezas no hubiera sido la misma, ni hubiese llegado a existir el memorable libro que le dedicó el también fallecido Alberto Elena, ni hubiésemos podido leer, abriendo sus páginas, el recordado poema de Sohrab Sepehri:

No sé
por qué dicen que el caballo es un animal noble
y la paloma hermosa.
No sé por qué nadie tiene un buitre en una jaula.
No sé en qué es inferior la flor del trébol al tulipán rojo.
Hay que lavarse los ojos y ver las cosas de otro modo.
Hay que lavar las palabras
y las palabras han de ser el aire mismo, la misma lluvia. 

3 comentarios:

Roberto Amaba dijo...

Muy interesante Mario. Detrás de esos planos-emblema de Kiarostami hay razones puramente geográficas, otras culturales y puede que hasta cinematográficas. Separo cultura de cine, faltaría más. Entre las culturales diría que más que la pintura y el paisaje, está la tradición literaria "persa": vamos a contar -a desenrollar- la historia, la vida de Sherezade depende de ello. Kiarostami siempre dijo que su primera influencia era la literatura, la poesía; no la fotografía o el cine.

A veces uno tiene la sensación de que esos planos de los coches o de los niños apareciendo y desapareciendo de los caminos son como "obligaciones", como el pasar las hojas del libro solo después de haberlas leído. El corte, la elipsis, sería hacer trampa. No son vacíos, no son transiciones, no son pausas, no son contemplativos, son o forman parte del mismo acto material de la lectura. Como quien pliega y abanica -con la impaciencia propia por el futuro de la narración- la esquina o el borde de la hoja. Esas hojas rectas, "recomendadas", "que no funcionan". Quieres pasarlas, pero no puedes. Tienes un compromiso o, simplemente, tal vez quieras volver atrás o pararte a pensar.

Un saludo.

Mario Iglesias dijo...

Hola, Roberto:

antes de nada, te agradezco tu lectura y tu comentario, que me agradan especialmente dado que fui un admirado lector de KinoDelirio.

Sobre lo que escribes, creo que das con una de las claves del porqué algunos seguimos considerando enigmático el salto de lo simple a lo complejo en el cine de Kiarostami (a lo que alude Adrian Martin): y que, sospecho, es el desconocimiento de esa tradición cultural persa en la que se encontrarían buena parte de sus claves, no ya solo como cineasta, sino como intelectual: en sus ideas y en su forma de expresarlas de palabra, por escrito o mediante el cine.

En mi caso, ese desconocimiento es casi total: lo que sé sobre la tradición literaria persa es muy escaso y de tercera mano (nunca he intentado abordar las páginas de Las mil y una noches, y no será porque me lo hayan puesto difícil: existe traducción completa disponible en varias bibliotecas públicas de mi ciudad).

Por eso me parece muy valiosa tu aportación, que viene a enriquecer lo que, por mi parte, era una aproximación un tanto casual a una obra de cuya riqueza y complejidad, más allá del asombro, intentaremos seguir aprendiendo.

Un saludo.

Roberto Amaba dijo...

Gracias a ti, Mario. Hay que seguir manteniendo sitios así, por pequeños e improvisados que sean. Es la única manera de sobrevivir frente a tanta cutrez, frente a tanto de lo mismo y tanto copia y pega cultural.

Lo único que puedo decir es que he disfrutado mil veces más leyendo a Kiarostami ("Compañero del viento", "El viento y la hoja") que viendo sus últimas películas. Pongamos los dos últimos largos. Si algo puede representar bien esa transición de lo simple a lo complejo es la poesía. Las curvas -el vacío- que parecen enlazar o desviar los versos. Sobre todo las composiciones tipo haiku que tanto le gustaban.

Un saludo.